¡Nueva historia!

¡Hola!
Pues aquí me encuentro de nuevo, aunque sigo con mi mala conexión. Hoy os traigo la sinopsis y una pequeña escena de la que pretendo sea mi nueva historia. La he llamado, Nunca digas nunca. (Está muy trillado, lo sé).
Aún no está terminada ni nada, pero espero hacerlo en breve. Como pretende ser una historia corta, no voy a colgar los capítulos, sino que la publicaré ya terminada. 
Así que si a alguien le gusta y se anima a hacerle una portada o algo, bienvenido será, XD.
¡Muchos besos!
La Sinopsis:

En un crucero se celebra la reunión de los 10 años de ex-alumnos del instituto Masters High. Ahora la mayoría han terminado sus carreras y están ocupados en sus trabajos. ¿Se reanudaran las viejas rencillas o el paso a la adultez a cambiado a algunos para mejor?
Estando en el instituto, Clio Emerson y Alan Samuels se hicieron amigos cuando Trevor Richards los engañó a los dos a la vez. Con sendos corazones rotos se consolaron mutuamente y ya nunca se han separado.
Ahora Clio es una escritora y periodista de éxito, y Alan, un afamado modelo gay. Han vivido entre galas de premios, fiestas de famosos y desfiles de moda; lejos de su instituto, sus familias y, sobretodo, lejos de sus compañeros de clase. De uno en particular. Y no tienen intención de regresar.
Trevor siempre se arrepintió de no haberles confesado sus sentimientos a las dos únicas personas que ha amado en toda su vida y piensa que ya es muy tarde para hacerlo. Así que derrama sus sentimientos en las canciones que compone para su grupo, logrando llevar a “The Reds”[1]a la cima del estrellato.
Pero entonces una invitación llega a sus buzones y esas tres personas separadas por un error adolescente vuelven a juntarse.
Clio sólo quiere que los días pasen rápido para volver a su casa y Alan quiere ligarse al camarero buenorro de turno, pero Trevor Richards está ahí y esta vez es para quedarse.


[1] Cuando fui a ponerle un nombre al grupo, “The Reds” fue el primero que se me ocurrió. Sólo después, al darme cuenta de que podía ya estar siendo utilizado, lo busqué en internet. Y resultó que había algunos grupos que tenían ese nombre, XD. Aún así se lo dejé, porque no encontré nada mejor. Por supuesto, todos los derechos, etc, les pertenecen y yo no gano nada con esto.


Y la escena: 
—Oye, eres una morenaza de grandes ojos castaños, piel sonrosada y curvas generosas. Podrías ser el sueño húmedo de cualquiera.
Clio soltó una risita y luego sonrió con ternura a su amigo que siempre tenía bonitas palabras para ella. Negó con la cabeza. Iban de camino al salón principal del barco y ambos estaban nerviosos, y cuando lo estaban tendían a hablar demasiado. Ni siquiera recordaba haber llegado a ese tema.
—Excepto el tuyo.
—¡Eh! Ya sabes que si me gustasen las mujeres, tu serías mi elegida —exclamó con un ademán presuntuoso Alan.
Clio amplió su sonrisa recolocándole un mechón de pelo rubio tras la oreja y lanzó un lánguido suspiro contemplando con recelo a las puertas de entrada. De repente, tenía dolor de barriga. «Estupendo». Alan le acarició la mejilla logrando que le mirara y tirando de ella hacia su pecho la abrazó, colocando su cabeza sobre el cabello azabache. Se apoyó sobre él como si de un refugio se tratara y cerró los ojos disfrutando de la cercanía. Alan siempre lograba envolverla completamente gracias a su cabeza de más y sus tonificados y fuertes brazos. Clio sonrió con el rostro escondido en la camisa de él recordando porqué siempre lo utilizaba en sus propias fantasías y cómo el héroe de todos sus libros.
—Por si te sirve de algo, mantengo mi promesa —susurró el chico cerca de su oreja.
—Treinta y cinco, ¿eh?
—Treinta y cinco, sí.
Unos momentos después se separaron, inspiraron hondo y cogidos del brazo traspasaron las puertas de madera.
Parpadearon sorprendidos. Aquello no era para nada como lo habían pensado. De pronto, Clio se sintió fuera de lugar y sus ojos no pudieron evitar otear el lugar en busca de posibles huídas. Alan se dio cuenta y la sujetó con fuerza. Estaban en medio de una lucha de miradas cuando alguien llamó su atención.
—¡No me lo puedo creer! ¡Clio Emerson y Alan Samuels! Pensé que ya no ibais a venir, como fuisteis los últimos en confirmar la asistencia…
Y allí estaba. En todo su esplendor: Jacinda Linley, animadora jefe, reina del baile y la chica más popular del instituto. Y para horror de Clio, los veintisiete no habían hecho más que mejorar lo que ya estaba presente cuando era una adolescente: su delgada y alta figura, sus voluminosos pechos y sus muy largas piernas. Por no hablar del trasero, por el que más de uno había incurrido en alguna falta o desgracia. Jacinda Linley de cabellos rubios y maquillaje perfecto: la antítesis de Clio Emerson. La protagonista del tormento y sus pesadillas de adolescencia. Allí estaba, frente a ella. Más hermosa y atractiva que nunca.
Le temblaron las rodillas. Si no hubiera sido por Alan, Clio se habría ido redonda al suelo. Cerró los ojos y deseó estar de vuelta en la terraza de su chalet escribiendo tranquilamente bañada por el sol y con vistas al océano pacífico.
—¡Oh, cariño! ¿Te encuentras bien?
Las palabras la sacaron de su ensoñación. Parpadeó enfocando la cara que tenía delante y unos ojos azules le devolvieron la mirada.
—Sí, Jass. Sólo ha sido un pequeño mareo.
—Oh, querida, cuánto lo siento. No te olvides de pasar por la enfermería si la cosa se pone peor. ¡Me alegro que hayáis podido venir! ¡Chaito!
Clio y Alan se miraron, y gimieron al unísono: habían vuelto al instituto.

Déjate capturar: Capítulo 7

¡Por fin! 
Uff, no sabéis las ganas que tenía de tener un par de días libres para poder terminar el capítulo, echarle el visto bueno y poder publicarlo.
Este segundo trimestre ha sido horrible, entre el accidente doméstico de mi madre -está bien, sólo un esguince-, los trabajos de la universidad y y los exámenes, parciales, etc; no ha habido ni un fin de semana libre. Pero por fin, tras el parcial de ayer, me he tomado un ratito para continuar la historia, que ya era hora. Espero que cuando se terminen los examenes a finales de junio pueda avanzar más rápido.
Por ahora, os dejo con el capítulo 7, espero que lo disfrutéis. Y ya sabéis, faltas de ortografía y demás, me lo decís. 
¡Besos!
Capítulo 7
En un momento dado, Conall empezó a estirarse y gimió. Al segundo siguiente, tenía a Phelan encima de él desabrochándole el cinturón desesperado.
 ―Oye, oye, ¿qué haces?
―Compruebo que no te quedan secuelas. Ese tipo de golpes pueden causar daños permanentes.
Conall soltó una risa.
―Soy un hombre lobo, Phelan. Esos supuestos no se nos aplican, ¿recuerdas? Somos inmune a las enfermedades humanas y tenemos la curación acelerada ―explicó con una media sonrisa.
Phelan asintió y le miró con preocupación, luego se acurrucó en su costado, poniendo la palma de la mano sobre el pecho desnudo de Conall.
―Lo siento ―se disculpó de nuevo―. Es que son muchas cosas a la vez. No sé cómo…
Conall se acostó de lado y le acarició la mejilla con el pulgar, regalándole otra sonrisa.
―Phel, eres maravilloso, pero esa cabeza tuya piensa demasiado ―dijo con suavidad―. Todo esto es nuevo para ti; las parejas, la atracción… Lo comprendo. Puede ser… difícil de controlar, pero no imposible. ¿Sabes? Todavía recuerdo cuando Lope y yo nos dimos cuenta de que éramos compañeros; no salimos de mi habitación en tres días. Mi madre tenía que dejarnos la comida en bandejas frente a la puerta ―Conall sonrió―. Ella y Lynn tenían que dormir con tapones y por el día ponían la música a tope para no escucharnos.
Phelan sonrió con ternura y luego puso una cara de extrañeza.
―¿Y cómo es que no conseguisteis acoplaros?
―No lo sé, es algo extraño, porque la marca a penas duraba un día ―admitió Conall―. Pero esta mañana por fin lo conseguimos.
Phelan suspiró mirando al techo.
―Yo llegué esta mañana, igual que Deeann. ―Frunció el entrecejo, pensativo. Todo había pasado muy rápido; su llegada al pueblo, la chica, el coche estallando, Silvester… ¿Casualidad? Imposible. Entonces tuvo una súbita revelación, se le abrieron los ojos como platos y se incorporó de golpe―. Eso es. ¡Por eso no podíais acoplaros!
―Faltabais vosotros dos ―asintió Conall imitando el movimiento de su compañero. Soltó una risa―. Ya verás cuando se lo diga a Lope ―sonrió y se volvió hacia Phelan―. Me alegro de que aceptaras venir.
Y sin dejar que el chico respondiera le agarró por la nuca y le besó. Phelan abrió la boca y sus juguetonas lenguas se volvieron a encontrar. Las erecciones que habían descendido, volvieron a la vida entre medio de caricias y manos traviesas. Conall empujó hacia la cama a Phelan que no opuso resistencia y lo aprisionó bajo su peso. Phelan jadeó, llevando sus manos al borde de los pantalones del otro e introdujo sus dedos atrapando así el culo de Conall.
―Phelan…  si continuamos así… yo… no voy a poder parar… ―alcanzó  a decir entre besos.
―Estaré orgulloso de lucir tu marca, Conall ―dijo solemne Phelan dejando libre su cuello en completa aceptación.
Conall miró a los ojos marrones de Phelan y vio admiración y respeto, y algo más que no sabía aún cómo interpretar. Pero sobre todo notó deseo; un deseo tan profundo que sólo podía darse entre las parejas destinadas. El mismo deseo que se reflejaba en sus iris azules. Sonrieron y con rápidos movimientos lograron quitar la ropa que había empezado a molestar. Conall contempló el cuerpo esbelto de Phelan, que no era ni delgaducho ni muy corpulento, sino que era todo fibra y de músculos finos y duros. El lobo estuvo a punto de babear.
―¿Gimnasio?
―Carreras al amanecer ―respondió Phelan y alzó su cabeza en busca de otro beso.
Conall no preguntó más, se dedicó a recorrer con sus manos cada parte del cuerpo abajo de él que pudo alcanzar sin despegarse de los labios de su pareja. Una llegó al miembro endurecido y se lo apretó, sacándole un jadeo a su compañero de cama. Éste pasó los dedos por su espalda logrando que el otro chico gimiera.
―Lo sient-… ―Pero Phelan no pudo decir nada más, porque Conall le metió su lengua hasta la garganta.
Phelan estaba abrumado por las sensaciones, por las reacciones que le provocaba Conall. No podía decir que no había tenido relaciones antes, pero podía asegurar que nunca habían sido tan intensas como estaba siendo esa. Ahora entendía, ahora podía comprender el deseo, el hambre que consumía a su mejor amigo y a su hermano, ¿cómo iban a resistirse? ¿Cómo iba alguien a querer resistirse?
Conall dejó la boca de Phelan y empezó a bajar por el cuello, dejando un rastro de besos a lo largo del torso del chico más bajo.
―Vaya, vaya, alguien está muy bien dotado ―dijo Conall con una sonrisa haciendo sonrojar a Phelan, quien jadeó cuando Conall empezó a lamer la cabeza de su erección.
Phelan no podía pensar, sólo podía ver como los cabellos castaños de Conall bajaban y subían al mismo tiempo que su boca le chupaba y le estimulaba. Agarró las sábanas a sus costados y gimió.
―Voy… voy a…
―Aún no ―dijo Conall apretando con fuerza la base del pene de Phelan y cortando el orgasmo.
―¿Qué? ¿Por qué?
—Porque aún no estoy dentro de ti —explicó serio Conall.
—¡Oh!
Phelan no pudo evitar sonrojarse. En la mirada azul de su pareja había tal determinación que sintió que había visto lo que había en su alma y en su corazón. Su respiración se aceleró mientras veía como Conall subía por su cuerpo sin dejar de mirarlo a los ojos y se colocaba entre sus piernas.
—Sube las rodillas —ordenó Conall buscando en el cajón de su mesilla de noche y sacando una botellita de lubricante.
Phelan obedeció impaciente. Pero no tuvo que esperar mucho, ya que pronto unos dedos llegaron a su trasero y empezaron a tantear su entrada. Cuando el primero de ellos se introdujo en su interior, Phelan siseó.
—Ha pasado un tiempo desde que… —dijo al ver la cara de extrañeza de su pareja.
Conall entrecerró los ojos y en un impulsivo gesto metió de golpe tres de sus dedos tan al fondo como pudo. Phelan gritó clavando sus uñas en los antebrazos de su compañero y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Espero que sepas que yo no comparto. Tu culo, tu polla y tu boca son míos, ¿entendido? —gruñó Conall.
—Idiota, ya lo sabía —respondió Phelan con una mirada acusadora.
—Bien.
El beso que vino después fue áspero, duro y profundo. Hubieron dientes, mucha lengua y alguna gota de sangre. Los dedos de Conall empezaron a hacer un movimiento de tijeras logrando que el chico más pequeño se retorciera bajo él. Phelan jadeó casi sin aliento cuando un Conall sonriente se apartó. Profundizó su exploración observando el semblante ruborizado de su pareja de cama y encontró la próstata, la cual apretó y tocó hasta que Phelan eyaculó en medio de un grito de placer.
Conall sacó sus dedos y se colocó en posición para penetrarle, mientras un desfallecido Phelan intentaba hacer llegar aire a sus pulmones. Entró de una estocada y buscó los labios de su compañero, cogiendo a la vez su miembro que volvió a la vida con brusquedad. Phelan no se resistió; no habría podido aunque hubiera querido. Lo deseaba. Rodeó con los brazos el cuello y con las piernas la cintura de Conall. Éste lo tomó como señal de que podía comenzar y así lo hizo.
Al principio fue suave como una caricia, como si quisiera probar el terreno sobre el que pisaba; luego más rápido hasta que tuvieron que despegar sus bocas. Se miraron a los ojos y Phelan apartó su cabeza dejando su garganta libre. Entonces Conall dejó salir sus colmillos y le mordió tragando el líquido carmesí que parecía ambrosía. Una cálida, determinada y un poco irascible ambrosía.
El nudo se extendió del pene a la próstata y se corrieron una, dos veces. Se besaron una vez más, como el sello de un pacto inquebrantable y Conall salió del interior de Phelan. Se abrazaron y se cubrieron con la sábana. Y ya totalmente saciados se durmieron el uno en brazos del otro.
Dee notaba una claridad molesta en los ojos. Rumió algo entre dientes y se dio la vuelta. Sonrió y se estiró con gusto. El colchón se sentía mullido y esponjoso bajo sus músculos cansados; y las sábanas estaban frescas bajo la piel desnuda de sus piernas. Dee abrió los párpados con una pregunta bailando en su mente: ¿porqué no tenía sus pantalones? Y lo que era más importante: ¿quién se los había quitado?
Se incorporó, ya completamente despierta, mirando con curiosidad a su alrededor. Estaba en una habitación rústica, de paredes de listón y con una decoración austera. Apenas había un par de mesitas de noche, unas cortinas blancas de raso, un armario alto de doble puerta y la cama de matrimonio donde ella había dormido. Todo hecho de madera. Se acercó al borde del colchón y se puso en pie. Fue hacia la ventana y la abrió, respirando la suave brisa matutina y llenando la habitación de los sonidos del bosque. 
Alguien llamó a la puerta.
Adelante.
La cabeza de Lynn apareció sonriendo.
¡Hola! exclamó con entusiasmo a la vez que entraba en el cuarto. Esperaba que ya estuvieras despierta. Te dejo algo de mi ropa ya que tus maletas se perdieron con la explosión.
Dee lanzó un grito ahogado. De pronto y como si de un rayo se tratara, los acontecimientos del día anterior pasaron frente a ella. Se llevó las manos a las mejillas y abrió los ojos como platos.
¡Oh, no! ¡Mis carretes! se quejó con voz lastimera. ¡Mi portátil! sollozó.
Lynn la miró perpleja durante unos instantes y después se echó a reír. Dee se cruzó de brazos arrugando el ceño.
No tiene gracia. ¡Ninguna!
¡Es que ayer viste a un lobo enorme y en vez de estar asustada, te preocupas por tu ordenador! replicó sorprendida la chica. No esperaba oírte hablar acerca de él como si hubieses perdido tu vida.
¡Es que la he perdido! ¡En mi portátil lo tenía todo! Apuntes, libros, todas mis fotografías… Dee refunfuñaba caminando de un lado a otro cuando de repente se paró de pronto y se llevó las manos a la cabeza. ¡Mi photoshop!
¿Tú qué…?
¡Mi photoshop! ¡Es un editor de imágenes! Entonces Lynn empezó a reírse aún más fuerte y Dee la fulminó con la mirada. ¿Tienes idea de lo caro que es? ¡Y tenía la última edición! protestó sentándose en la cama y tapándose la cara con las manos.
Lynn dejó de reírse, se encogió de hombros y acercándose a ella le puso una mano sobre el hombro.
Oye, no te preocupes, seguro que se soluciona.
Dee soltó un largo suspiro.
Eso espero. O voy a tener que gastarme el dinero de la boda en otro photoshop ―dijo a la vez que se dejaba caer sobre el colchón.
Lynn negó con la cabeza y estaba de camino a la puerta, cuando Dee se incorporó de golpe pegando un agudo chillido.
―¡Era un lobo! ¡Un lobo inmenso! ―Y entonces se volvió a desmayar.
Lynn sonrió.
―Esa era la reacción que esperaba. ―Y salió cerrando tras ella.
Lope surgió del baño vistiendo sólo una toalla atada a la cintura, para entrar en una habitación enteramente de color rosa. Bueno, de distintos tonos de rosa en realidad. Suspiró con resignación. A pesar de que sabía que había hecho lo correcto, aún detestaba haber tenido que dejar la habitación que compartía con Conall para que los dos arreglaran las cosas. Lope esperaba que por lo menos Phelan le hubiera dado una buena reprimenda a Conall por haber sido tan imprudente la noche anterior.
Lope se rascó la cabeza dirigiéndose al armario cuando se dio cuenta de que toda su ropa estaba en su habitación. Bufó y se encaminó a su cuarto.
—Siento lo de anoche, a veces soy demasiado posesivo. Creo que es el macho alfa dentro de mí.
No hacía mucho que se habían despertado, pero Conall había sentido la necesidad de explicarse. La luz matutina inundaba la habitación y en la casa ya se notaba el movimiento. Phelan negó con la cabeza enterrada en el pecho de su pareja.
—En realidad… me gustó. Un poco. —Su voz amortiguada por su cercanía.
La risa perruna de Conall vibró por su cuerpo y sus brazos rodearon a Phelan apretándole contra sí.
—A Lope le encanta esa parte de mí —dijo con una sonrisa—, y tú adorarás su lengua. Es un dios.
—¿Tú crees?
—Lo creo —respondió y entonces le besó de nuevo en el mismo instante que Lope entraba en la habitación.

Déjate capturar: Capítulo 6

Bueno, depués de varios meses, al fin he podido terminar el capítulo.
Miento, lo tenía terminado de la semana pasada, pero hoy es mi cumple, así que me dije “me espero y lo publico hoy”.
Así que, nada, prefiero no enrroyarme más. 
Capítulo 6

Dee observaba sonriente el intercambio de bromas que había entre madre e hija, mientras, sentada frente a la mesa de la cocina dónde antes habían comido, secaba los platos. Dio un largo suspiro; era en momentos como esos en los que sentía melancolía. Era algo inevitable echar de menos a tu familia, sobretodo si estudiabas en una universidad que estaba a bastantes kilómetros de tu casa.

Deeann Kelly era del estado de Maine, nacida en una isla de menos de cuatrocientos habitantes llamada North Haven. Sonrió recordando los paisajes y el mar que se observaba a través de la ventana de su habitación en la casa de sus padres. A ellos les pertenecía la única posada turística que junto a una tienda de comestibles, dos de recuerdos, una sede de correos y un par de comercios más: hacían toda la calle comercial de la ciudad. Allí todos se conocían y los cumpleaños, bodas, nacimientos y demás siempre eran como grandes reuniones familiares a las que acudía todo o casi todo el pueblo.

Dee recordaba con especial cariño la fiesta de la langosta, el día más importante del año y uno de los más turísticos. Kilos y kilos de langosta a la barbacoa para el disfrute de los visitantes y los residentes. Melitta, la que era su mejor amiga desde que tenía uso de razón, y ella solían llegar a primera hora de la mañana y ayudaban a los pescadores y tenderos a montar los puestos. Siempre desayunaban gratis. Sonrió y un suspiro se escapó de sus labios.

Terminó con los platos y los acercó a la encimera donde los depositó.

—Gracias, querida —le dijo Thamar y regresó a su discusión con Lynn.

Dee decidió entonces revisar las fotos que había hecho, así que cogió su mochila del respaldo de la silla y sacó su cámara. Su preciosa y bonita cámara que tantos dolores de cabeza le había dado. Se rió con suavidad viendo la foto de los pajaritos que había tomado nada más salir del coche de Phelan. Aquella era una buena fotografía, puede que la presentase para algún concurso.

Con discreción se dirigió a la ventana de la cocina, se apoyó en el marco y enfocó hacía el bosque. Empezaba a ponerse oscuro. Revisó la pantalla, pero no vio más que negro. Reajustó los parámetros y volvió a disparar. Y a través del objetivo vio algo. Activó el zoom y buscó: allí entre los matorrales había alguien. Y ese alguien la estaba mirando. Dee pegó un respingo.

Se alejó de la ventana y fue hacia la entrada, separó la puerta unos diez centímetros, sacó su objetivo y le dio al botón. Pero no captó a nadie salvo a los tres chicos que en el porche se besaban y se manoseaban entre ellos. Ahogó un grito de sorpresa, abrió los ojos como platos y se escondió tras la pared. Se llevó una mano al pecho, tenía el corazón a mil por hora. ¿Cómo era posible…?

—¿Ocurre algo? Te ves pálida.

Dee levantó la mirada y vio a Lynn frente a ella con la cabeza ladeada y el ceño fruncido. Dee se obligó a sonreír.

—No es nada. —Hizo un aspaviento con la mano para restarle importancia—. He visto un animal y no me lo esperaba.

Lynn se rió terminando de secarse las manos con un trapo.

—Sí, eso puede pasar cuando vives cerca del bosque. A veces los animales entran en el pueblo —explicó la chica—, pero no suelen hacer nada —Lynn se hincó de hombros. Dee asintió.

De repente, empezaron a oírse unos gritos fuera. Golpes y más voces. Dee y Lynn se miraron con el desconcierto brillando en sus ojos. La primera abrió la puerta, pero fue Lynn la que salió al exterior. Thamar se acercó al escuchar el alboroto murmurando algo de “… llevarse bien”. Dee entonces asomó la cabeza por el lateral del marco y se quedó petrificada: allí, delante de ella, estaba el lobo más enorme que había visto en toda su vida. Claro que los que había visto se limitaban a los del zoo. Y esos no eran demasiado grandes que digamos.

Dee tragó saliva. El animal gruñía y aullaba a la vez que Lope por un lado y Phelan por otro le sujetaban con claro esfuerzo. Observó a los destinatarios del enfado del can desde su posición. Eran un grupo de tres o cuatro muchachos que veían la escena tan asombrados como ella. Una mano se posó sobre su hombro y Dee miró tras de sí: Thamar tenía la mirada sombría y el rostro serio.

Alguien más gritó y Dee regresó su mirada al porche: Lynn se había interpuesto entre el lobo y los otros que estaban allí. Aquello era completamente surrealista. La chica había levantado las manos exclamando improperios mientras el lobo, con las orejas echadas hacia atrás y el pelaje de punta, gruñía y hacía chirriar los colmillos. Ni las películas de fantasía que a ella tanto le gustaban habrían hecho creíble aquello. Dee chilló cuando el animal lanzó un aterrador rugido e intentó morder a los chicos que salieron despavoridos, pero inmediatamente se tapó la boca con las manos.

Casi a cámara lenta vio su hocico moverse hacia ella y sintió un escalofrío recorrer su espalda de abajo a arriba cuando el lobo advirtió su presencia. Los ojos eran de un color amarillo sobrenatural y la observaban sin parpadear. Dio un par de pasos hacia ella sin desviar la mirada. Dee notó que su pulso aumentaba y que la cabeza zumbaba por la adrenalina. No pudo soportarlo y cuando el animal estaba a un metro escaso de ella, todo se volvió oscuro.

Aunque podía jurar que había visto un atisbo de azul en los iris del lobo.


Conall gritó.

―¡Joder, eso duele!

―Si te estuvieras quieto, no dolería tanto ―replicó Phelan con unas gasas en la mano ungidas con una pomada de color verde.

Ambos estaban sentados sobre la cama en la habitación de Conall y repartidas por encima de la colcha había un pequeño botiquín de primeros auxilios que Thamar les había dado, así como un bote de ungüento verde fabricado por ella misma; ya que era la sanadora de la manada y como tal sabía de plantas y de tratamientos naturales.

―¡Mierda, cómo escuece! ―gimió el otro.

―Tu madre me dijo que pusiera una buena cantidad, así que eso es exactamente lo que voy a hacer. Y ahora cállate y déjame curarte en silencio.

Conall refunfuñó y se cruzó de brazos, dejando que Phelan siguiera trabajando en los arañazos de su espalda. Ni siquiera recordaba habérselos hecho, sólo sabía que antes de que empezara la pelea no los tenía. Cerró los ojos con un suspiro intentando aplacar su enfado. Silvester no podía dejar pasar un día sin molestarles. El porqué era un misterio, aunque parecía ser algo personal para el hijo del Alfa de la manada.

La habitación se sumió en un incómodo silencio, mientras ambos muchachos continuaban inmersos en sus propios pensamientos. Conall quiso decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca. Hizo una mueca, nunca se le había dado bien tratar con la gente: eso se lo dejaba a Lope.  Y como caído del cielo, el nombrado hizo acto de presencia. Tanto Phelan como Conall dirigieron sus miradas hacia él.

―¿Cómo está ella? ―preguntó Conall.

―Está bien, duerme ―respondió Lope―. Lynn se va a hacer cargo de ella.

―¿Lynn? La chica es nuestra pareja, deberíamos cuidarla nosotros ―rebatió Conall.

―Su nombre es Deeann ―interrumpió Phelan que había empezado a recoger los restos de gasas y de pomada―. Harías bien en recordar su nombre, después de todo y como bien has dicho: es tu pareja. ―Se levantó y se dirigió al cuarto de baño que tenía el dormitorio―. O al menos, una de ellas ―bufó y cerró la puerta.

Lope y Conall se miraron sorprendidos, y el hispano sonrió pícaro.

―Creo que está enfadado ―dijo Lope acercándose a Conall y robándole un beso. Le guiñó un ojo―. Y es por tu culpa ―añadió con sorna.

Conall frunció el entrecejo.

―¿Cómo que por mi culpa? ―clamó, pero Lope ya se alejaba hacia la salida.

―Arréglalo ―le ordenó y le dejó solo. 

Conall gruñó y se masajeó el puente de la nariz. Por si no tenía suficiente con un compañero, ahora tenía tres. Aún no había decidido si eso era un regalo de los Dioses o si estos se estaban burlando descaradamente de él, pero esperaba que no fuese la respuesta número dos. Suspiró poniéndose en pie y se acercó al baño, tocó la madera con los nudillos un par de veces y esperó.

―Puedes entrar.

Conall no esperó a una segunda invitación, giró el pomo y dio un paso hacia delante. Colocó su hombro en el marco de la puerta y se le quedó mirando. Allí estaba: los rizos rubios le goteaban la camiseta que llevaba, como si se hubiese puesto debajo del grifo; la piel dorada de los brazos, perlada por el agua, la hacía parecer más suave de lo que ya era; y los ojos, de un marrón oscuro con tintes amarillos, le miraban a través del espejo enmarcados por unas espesas pestañas.  

―¿Quieres algo o te vas a quedar ahí mirándome como un pasmarote? ―inquirió Phelan dejando salir todo su mal humor.

Conall soltó un bufido que pretendía parecer una risa, logrando que el otro chico le enviara una furiosa mirada.

―¿Sabes que te ríes como un perro?

―Ya me lo habían dicho.

―Me lo imagino.

Conall suspiró no queriendo proseguir con el intercambio de palabras poco amables y decidió darle un vuelco a la conversación.

―Dime una cosa, Phelan.

―¿Qué?

―¿Cuándo te diste cuenta de que Lope y yo éramos tus parejas?

Phelan parpadeó dejando de lavarse las manos, aturdido por la pregunta. Se dio la vuelta, secó las palmas en una toalla cercana, apoyó el trasero en el lavabo, cruzó los brazos y le encaró.

―¿Y eso a qué viene?

Conall ignoró el comentario y continuó.

―¿Cuándo pensabas decírnoslo?

Phelan arrugó el ceño y resopló.

―Cuando fuera el momento.

―¿El momento?

―Sí, el momento ―afirmó Phelan mirándole fijo a los ojos―. Cuando lo descubrí, vosotros acababais de salir de una pelea con los estúpidos seguidores de mi padre. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que corriera hacia vosotros y dijera: “Uy, hola, lo siento, es que soy vuestra pareja, ¡sorpresa!”? ―exclamó zarandeando sus manos―. Pues no ―terminó tajante.

Conall le observó sorprendido unos instantes y después una sonora carcajada retumbó en el cuarto de baño. El hombre lobo no podía parar de reír. El sólo imaginarse la situación lo hizo doblarse sobre sí mismo y ahogarse con sus propias risas. Phelan mirándole tampoco aguantó demasiado y pronto, unas risas mucho más tenues que las de Conall acompañaron a la primera.

―¡Dioses! Hacía tiempo que no me reía así.

Conall se incorporó, lanzó un jadeo y miró a su pareja de reojo, quien tenía una pequeña sonrisa que intentaba a duras penas esconder. Respiró en un intento de relajarse y dio unos pasos hasta quedar frente a frente con Phelan, que tragó saliva moviendo su pequeña nuez de Adán y consiguiendo que el miembro de Conall diera un brinco.

―¿Y bien? ¿Porqué estabas enfadado? ―preguntó con voz ronca, mientras acercaba su nariz al cuello de su pareja.

Phelan frunció el entrecejo y le empujó lanzándole unos pasos hacia atrás.

―¡Y te preguntas porqué!  ―gritó saliendo del baño.

Conall rodó los ojos y soltó un gruñido, para correr detrás del chico. Le cogió en brazos, le tiró a la cama boca arriba y después se subió encima de él, atrapando las muñecas por encima de los rizos de su cabeza.

―Estoy esperando.

Phelan le miró asombrado, en parte por la rapidez con la que había actuado y por la excitación que le recorría el cuerpo entero. Su pecho bajaba y subía, y se moría por probar esos labios, que entreabiertos, deseables y húmedos, acompañaban a esos ojos de color azul oceánico que se lo comían con la mirada. Phelan jadeó cuando Conall bajó su rostro y enterró su nariz en el cuello expuesto, inhalando profundamente.

 ―Adoro tu olor, Phelan. Estoy deseando lamer todos los rincones de tu cuerpo desnudo y memorizar cada punto de placer ―provocó Conall―, pero no haré nada hasta que me digas que causó tu enfado. Y créeme soy un Dios del autocontrol.

―Idiota ―susurró bajito Phelan desviando la mirada, avergonzado por las palabras y por la tienda de campaña que ahora se levantaba orgullosa en sus pantalones.

―Sigo sin escucharte.

Entonces Phelan le miró iracundo, con los ojos llenos de lágrimas y le dio un rodillazo justo en la ingle. Conall puso una mueca de puro dolor y cayó en un lado de la cama.

―Eres un idiota, Conall Forrest ―bramó Phelan poniéndose de pie―. Un estúpido y un bravucón. ¿Porqué tenías que convertirte? ¡Porqué! ¿Y si te hubiera pasado algo? ¿Y si ese cabrón de Silvester te hubiese hecho algo? ¿Y si le hubieras hecho daño a Deeann sin querer? ―Phelan comenzó a caminar de un lado a otro, ante la mirada llorosa de Conall―. Lo tenía todo, ¡todo! ¿Por qué tuve que volver? ¿Por qué ese maldito no me deja en paz? ¿Por qué ahora?

De repente, Phelan oyó un gemido y se volteó, para ver a Conall agazapado sobre sí mismo en postura fetal.

―¡Oh, mierda, Conall! ¡Lo siento! ¡De verdad, lo siento!

―Sólo deja que me recupere ―dijo con voz entrecortada Conall.

Phelan asintió y permaneció sentado a su lado durante un buen rato, ambos en silencio. Viendo pasar los minutos.

Regalitos de Santa…

¡Hola! 
Tan bonito día (o noche) como es esta, lo más bonito son recibir los regalos y los fabulosos blogs de traducción que nos han dado un montón de libros por estas fechas. ¡Démosles las gracias!
Desde el Olimpo un par de buenas historias: una de cambiaformas y otra de detectives (que tiene muy buena pinta, por cierto):

Coyotes                       y                        Mafiosos

En Brad Pack nos han traído las continuaciones de la serie “La ciencia del muérdago”:

Muérdago 3                  y                  Muérdago 2

Y por último, Blue Sensation nos presenta el primer libro de una nueva serie:

Oportunidades

¡Un beso y buena lectura!

Perdidos…

¡Buenos días! (Al menos aquí son buenos días, XD)

Desde la Luna Roja nos envían un libro más de esta fabulosa serie que yo sigo desde el primero. Es la serie “Los cambia formas perdidos” y ¡está muy interesante!

Gracias a Dicking que me dio el aviso.

Os animo a que la leáis, ¡un saludo!

Resumen:


A veces el primer bocado es todo lo que la gente necesita antes de hacerse tan adictos que no pueden dejar de anhelar más. Incluso si los conduce hasta su propia destrucción.
Criado por un despiadado traficante de esclavos para ser uno de los mejores asesinos del mundo de los cambiaformas, con el único con el que Tatum sabía que podía contar y en el que confiaba, era su hermano gemelo.
El hecho de que se hubieran unido a la bandada de los Halcones no lo cambiaba. Aunque sus nuevos aliados parecían bastante agradables, descubrió a la manera dura que las palabras amables, a menudo sólo son una bonita fachada para ocultar la verdadera fealdad que hay detrás.
 Así que se compromete a no bajar nunca la guardia ni dejar que nadie se acerque… al menos hasta que se topa con un determinado cambiaformas araña. Uno que puede ser pequeño, pero tiene tantas cicatrices emocionales como él.
Después de haber sido aceptado informalmente como parte de la coalición felina, Baxley todavía no se siente seguro. Vive cada día con el temor de que su pasado vuelva y termine con él. Las únicas veces que es capaz de respirar libremente es cuando Tatum está a su alrededor. Sin embargo, sabe que nunca podrá amar verdaderamente al otro, por miedo a ponerlo en peligro.
¿Será capaz Baxley de convertir a Tatum? ¿Es más, estará éste dispuesto a ayudarlo? ¿O Baxley perderá la poca felicidad que tiene en su vida?

¡Llévaleto!

Serie "Harem de Lobos" de Joyee Flynn

Buenas,
Tal y como os prometí ayer, aquí vengo con otra actualización. En este caso he querido hacer una entrada única ya que es un libro que esperaba con muchas ganas. Lástima para mi, forma parte de una tetralogía y aún habrá que esperar un poco para conocer el final.
La serie de la hablo es “Wolf Harem” o como dicta su traducción en castellano, “Harem de Lobos”. Pertenece a la autora de libros homoeróticos Joyee Flynn. ¿Alguien pensó que era familia del pirata Flynn? 😉 
He leído bastantes libros del género y esta es una serie que me gusta bastante, aunque es una pizca previsible: encuentran a un chico guapo, lo recogen y uno más para la manada. Pero, ¡hey! nosotr@s no nos vamos a quejar. XD La cosa es que leyendo el tercer libro, he entendido por fin porqué la serie se llama “Harem de Lobos”. 
A las que les gusten que haya más de dos chicos en una cama, os recomiendo el libro, es divertido y tiene escenas calientes. 

Resumen:

En esta siguiente entrega, Ryder y Luc tratan de ayudar desesperadamente con las secuelas tras el bombardeo. Ellos llaman a los líderes de las manadas pidiendo ayuda y recursos para echarle una mano a Spencer y Dean. Mientras que Luc se centra en ayudar a sus hombres, Ryder trabaja en el encubrimiento, ocultando todos los posibles detalles que potencialmente podrían revelar sus verdaderas identidades a la policía humana.
¿Cómo podrán atravesar la situación y el temor a perder a los dos hombres que ellos aman? Además hay un misterio que deben resolver, ¿quién los odia lo suficiente como para poner una bomba destinada a asesinarlos? 

¡Es tuyo!

Sólo nos queda esperar a la cuarta y última parte, ¡un saludo y a leer!