Déjate capturar: Capítulo 12

 ¡Hola!
Aquí estoy de nuevo con el capítulo 12. Sé que me he tardado bastante, pero me temo que la cosa va a seguir así por ahora. Sobretodo porque estoy muy liada con la universidad y además ciertos problemas personales necesitan mi atención. Y hay que asumirlo, esto no es más que un hobby.
Además, quiero añadir que hace unas tres semanas tuve un fuerte ataque de tendinitis en el brazo derecho que me dejó imposibilitada de escribir o utilizar el ratón durante al menos una semana. Y sí, las razones de esto fue el uso excesivo del ordenador. Así que en favor de mi salud y mis estudios, he decidido que a partir de ahora voy a publicar una vez por mes. 
Una vez dicho todo esto, os dejo el siguiente capi. Espero que os guste mucho y que sigáis conmigo.
Muchos besos y hasta la próxima.
Capítulo 12
Empacar nunca le había costado tanto. Por lo general, era rápido, acostumbrado al trajín de la universidad. Pero en esa ocasión, preparar el equipaje de alguien que no era él estaba resultando más complicado de lo que podía parecer. 
Phelan suspiró sentándose en la cama al lado de la maleta a medio cerrar y desvió la mirada través de la puerta abierta, por dónde se observaba claramente la mesa de la cocina. Allí estaban dos de sus parejas y la hermana de ambos, intentando convencer a Thamar. Llevaban casi toda la noche, y ni una sola vez la mujer había cedido un ápice. En sus caras se veía la frustración y el cansancio que todos sentían. Phelan cerró los párpados, estirando su cuello en un intento de calmar el dolor en su columna vertebral y éste crujió. Soltó una maldición.
 
―Eso no ha sonado muy bien ―susurró una voz femenina tras él.
Phelan se dio la vuelta para encontrarse a Deeann allí, sonriéndole con una disculpa en los ojos. El chico sonrió y Dee se acercó hasta él, sentándose a su costado y cogiéndole de la mano. 
―Es curioso ―murmuró Dee jugando con los dedos de Phelan.
―¿El qué?
―Desde el mismo momento en que te vi, me sentí segura contigo ―explicó Deeann mirándole―. Cuando me dijiste que me llevarías al pueblo, supe que era verdad. No he dudado de ti ni por un segundo. Nunca me había pasado eso. Con nadie. 
―Bueno, es lógico. Soy tu pareja.
―Sí, pero yo no soy… No pertenezco a la manada. ―Dee resopló―. Diablos. Aún me parece tan extraño todo lo que ocurrió ayer. Ni siquiera entiendo porqué actué como lo hice.
Phelan sonrió acariciando la cara de la joven con la mano que le quedaba libre. Unos suaves colores subieron por sus mejillas y ella miró al suelo. Phelan le levantó el rostro, sus miradas se mezclaron, contemplándose absortos el uno con el otro. Entonces Phel decidió que no iba a pensarlo mucho y unió sus labios. Cerraron los ojos. Deeann llevó sus manos al cuello de la camisa, agarrándole fuerte y tirándole hacia ella. Phelan la sujetó por la cintura y la besó con más decisión, antes de terminar. Dee suspiró de gusto cuando él se retiró. Sólo unos segundos y ya sabía que quería permanecer a su lado por el resto de sus vidas.
Phelan soltó una risita, viendo el rostro de paz de la chica. 
―¿Lo ves? ―preguntó Dee abriendo los párpados y fijando sus iris en los de él―. Si hubieras sido otro, te aseguro de que ahora tendrías marcada mi mano en tu mejilla.
Phel se echó a reír. La vida se esperanzaba entretenida de ahora en adelante.


Lope arrancó el motor del coche que les había prestado Reed, el cual, un jeep de color rojo recién sacado de fábrica, ronroneó como un gatito hambriento. Seguro que le había costado una fortuna, conducirlo era la perfección elevada a la enésima potencia. El hispano tendría que agradecerle a su amigo más tarde por el préstamo.
Un suspiro en el asiento del copiloto captó su atención. Conall seguía mirando el espejo retrovisor con ojos tristes y melancólicos. Lope alcanzó el muslo de su pareja con su mano derecha y lo acarició. 
―Ellas estarán bien. Saben cuidarse solas. 
Conall sonrió apesadumbrado.
―Lo sé. Es sólo que nunca nos hemos alejado de ellas durante tanto tiempo. Ni siquiera sabemos cuándo volveremos a verlas.
―Lo importante es solucionar todo este asunto cuánto antes ―dijo Lope con decisión―. Entonces nada ni nadie nos impedirá volver.
Conall asintió.
Esta vez fue el momento que Lope escogió para suspirar. Con un último apretón en la rodilla, puso ambas manos en el volante y aceleró. 


Deeann se despertó sobresaltada, con la sensación de estar cayendo al vacío esfumándose rápidamente. Rodó sobre la cama para acomodarse mejor. Cuando estaba cerrando los ojos para volver a dormirse, se dio cuenta de un pequeño detalle. No recordaba haberse acostado. Ni siquiera recordaba haberse quedado dormida en el asiento trasero del todoterreno. Elevó la cabeza y miró a su alrededor. 
Estaba en una habitación de paredes algo desconchadas en las esquinas, pintadas con lo que antaño se podría considerar un salmón algo chillón. Los pocos muebles se notaban viejos, pero estaban limpios, lo cual era algo de agradecer. La pequeña televisión reposaba encendida con poco volumen sobre una mesa de metal que había tenido mejores días. La mesa, un par de sillas y las dos camas de matrimonio tenían la madera descolorida, aunque parecían estar bien cuidadas. 
La mesilla de noche que había entre las camas tenía una pequeña lámpara y unos papeles sobre ella. En uno de ellos se podía leer: “Bienvenido al motel BuenasNoches, esperamos que disfrute su estancia y que regrese pronto”; el otro era claramente la factura del cuarto: 25 dólares la noche. No estaba mal. Suspiró y arrugó la nariz. El ambiente olía a lejía y a detergente. Al menos se tomaban a conciencia lo de desinfectar el lugar para cada nuevo cliente.
Se levantó de la cama, descubriendo en uno de los rincones las maletas y mochilas que habían empacado en Elwood. Cogió las bolsas donde llevaba su cámara, los objetivos y las tarjetas de memoria. Aún daba gracias por haber decidido cogerlas en el último momento. No sabía que habría hecho de haberlo perdido todo, después de todo, aquella cámara era la única fuente de ingresos que tenía a parte de lo poco que le podían enviar sus padres. Lo peor, sin duda, había sido la pérdida del ordenador que además estaba recién estrenado. Por fortuna, tenía seguro y entre los escombros de la explosión Phelan había logrado encontrar el disco duro. Con un poco de suerte, le había dicho, lograría rescatar toda la información.
Llevó sus cosas a la mesa y con delicadeza, como si estuviera trabajando con piezas de museo, fue colocando todos los aparejos sobre ella. Sacó de uno de los bolsillos unos enseres de limpieza y sentándose en una de las sillas, comenzó a desmotar la cámara y los objetivos ocupando toda la superficie casi en su totalidad. Sonrió. Se sentía bien hacer algo conocido por primera vez en días. De esta forma, se dispuso a cuidar y asear cada uno de los utensilios fotográficos. Una tarea que le era de lo más relajante.
Cuando regresaron los tres chicos unos cuarenta y cinco minutos después, se la encontraron tarareando y jugando con sus chismes. Al darse cuenta de su presencia, Dee sólo les sonrió y continuó a lo suyo. Nadie iba a perturbar su momento de paz. 
Lope estaba terminando de darse una ducha cuando escuchó una maldición proveniente del otro lado de la cortina de plástico. Abrió un pequeño resquicio y miró a su pareja a través del espejo.
—¿Cuál es el problema ahora, Conall? No me digas que sigues nervioso. 
Conall cerró los ojos soltando un bufido y se dio la vuelta cruzándose de brazos.
—No soy bueno con las chicas. Nunca he tenido que vérmelas con una cita. 
Lope se rió por lo bajo, ganándose un gruñido molesto. Negando con la cabeza, terminó de enjuagarse y salió de la bañera, enredándose una toalla alrededor de la cintura. Conall seguía mirándose al espejo, arreglándose mechones de pelo supuestamente fuera de lugar y arrugándose la camisa de tanto estirarla. Lope decidió interrumpirlo en ese momento.
—Conall, estás perfecto. En serio, deja de intentar mejorar lo inmejorable.
—¡Ya lo sé! Pero, ¡por los Dioses! Estoy nervioso —exclamó Conall cerrando los ojos. 
—¿Sabes? Para ser el Alfa de nuestra pequeña manada de cuatro miembros, no pareces seguro de ti mismo.
—Créeme, preferiría enfrentarme a una banda de cazadores que salir ahí afuera a cenar con Dee. 
—Pues, la verdad, estoy seguro que lo segundo es mucho menos doloroso —estaba diciendo Lope cuando la puerta de abrió de repente y la rubia cabeza de Phelan apareció.
—¡Chicos! ¿Qué estáis haciendo? ¡Deeann lleva más de media hora esperando!
Conall gimió.
—Si solo tuviera una guía o algo que me dijera qué hacer. Siento que voy a meter la pata y entonces ella me odiará para siempre —se lamentó Conall llevándose las manos a la cabeza y peinando su cabello hacia atrás.
Lope y Phelan se miraron y el segundo se adelantó, cogió la cara de su pareja y le besó. Un beso de esos con legua y dientes y saliva, todo junto. Y al separarse, Phelan observó el rostro de aturdimiento que se le había quedado y asintió. Le cogió de las muñecas y dijo con voz firme:
—Ahora vas a salir ahí afuera, vas a saludar a Dee con educación, le ofrecerás el brazo, el cual ella muy sonriente aceptará y saldréis camino al restaurante, donde le retirarás la silla, ambos os sentaréis y luego cenareis en medio de una comida medio decente y una buena conversación que estará llena de risas y de buenos momentos. ¿Me has entendido? 
Conall dijo que sí con la cabeza y con más seguridad de la que sentía, se dirigió al dormitorio. Antes de salir del baño, Lope susurró un buena suerte y así, mientras Conall hacía exactamente lo que Phelan había predicho, los dos lobos espiraron a la pareja desde el resquicio de la puerta hasta que ambos se hubieron ido.

Déjate capturar: Capítulo 11

¡Hola, personitas encantadoras!

Aquí vengo a la carga con un nuevo capi. El once ya. ¡Quién diría que iba a llegar tan lejos! XD
En fin, no me enrollo más. Desde aquí le doy las gracias a mi nueva Beta Tatiana por su gran trabajo, sin ella no me habría dado cuenta de algunos errores garrafales. ¡Un abrazo T!
Y a vosotros desearos que disfrutéis del nuevo capítulo.
¡Muchos besos!
Capítulo 11
Dee examinó entrecerrando los ojos al nuevo hombre que había aparecido en escena. O tal vez, debería decir bestia. Si el primer hombre era grande, aquel era un monstruo. Superaba en media cabeza al otro y el torso era dos veces el de ella, y no era precisamente delgada. Su semblante frío no ocultaba la expresión de repugnancia en sus ojos. Dee sostuvo el escalofrío que le recorrió la columna vertebral cuando aquel tipo la miró fijamente. Allí ocurría algo que no alcanzaba a comprender, hubiera deseado preguntar qué tenía que ver ella en todo aquello, pero no se atrevió. Se limitó a quedarse donde estaba y darle su apoyo a esos tres chicos con los que tenía una extraña y absurda conexión.
Observó su mano entrelazada con la de Phelan, a quién apenas conocía de un día y medio, y no se sintió incómoda como solía pasarle con la mayoría de la gente. Ella que repelía el contacto directo con casi todo el mundo, le había dado la mano de forma voluntaria cuando había notado que él estaba mal. ¿Y cómo lo había notado? Una opresión en su pecho y ella se había movido al mismo tiempo que Lope, como si un resorte la empujara o un chip en su cabeza se lo hubiera ordenado. Había sido una reacción tan instintiva que ni siquiera se había dado cuenta hasta que Phelan le había sonreído. Pero sin pensarlo mucho, se dio cuenta que no le importaba. Los ojos del dueño de la mano que sostenía con fuerza la suya brillaban con confianza y Dee supo, sin entender muy bien cómo, que estaba en el lugar dónde debía estar.
Deeann regresó su cara al frente para encontrar que el hombre que ella había comparado con un monstruo la contemplaba con un gesto espeluznante en el rostro, no obstante, algo en su interior le dijo que no debía verse asustada, así que frunció el entrecejo y le aguantó la mirada. Entonces éste hizo un amago de sonrisa y señalando al grupo que estaba frente a él, inició su argumentación.
―Hermanos, hermanas, miembros de Elwood. Hemos sido deshonrados de la peor manera. Esta manada se está viniendo abajo. ―Lykos miró fijamente a los rostros de los que allí estaban, pasando por alto a Phelan y sus parejas―. Anoche, un miembro de esta manada presenció cómo estos degenerados, aquí presentes, estuvieron realizando actos lujuriosos en el mismo porche se su casa. Una persona en su sano juicio diría que al menos esconderían sus depravadas acciones para la intimidad del dormitorio, pero no, lo hicieron en un lugar público. Dónde cualquiera podría verlos. 
La gente estalló en protestas, lanzando insultos al aire, enviando miradas aceradas que se clavaron como dagas en sus nucas. Lope se pegó más a ella y Phelan se aferró a la mano de Conall, quizás en busca de apoyo o quizás para sujetarlo en su sitio. Lykos alzó ambas manos y mandó callar.
―Yo me pregunto, amigos míos, si esto sucede ahora, ¿qué no sucederá dentro de unos meses? ¿Y en unos años? Puede que encontremos manadas enteras formadas por engendros como ellos ―dijo señalando a Conall. La multitud explotó en alaridos de furia―. ¿A eso vamos a llegar? ¿A dejar que los jóvenes mancillen a nuestra manada?
―¡No! ―gritó el gentío.
―¿Vamos a permitir que Elwood pierda su estatus de Gran Manada sólo porque ellos han decidido que no quieren encajar? ¿Qué dirían los Ancianos?
―¡No!
Los miembros de la manada estaban revolucionados, aullaban y chillaban buscando pelea. Los puños en el aire y los bufidos le pusieron los vellos de punta a Dee. En ese instante, el Alfa se puso en pie y mandó guardar silencio, y aunque los gritos cesaron, el murmullo no lo hizo.
―Lykos, ¿dónde quieres llegar? Habla o termina con todo esto.
―Bien, Marlowe, esta es mi propuesta: aceptarán a una muchacha como pareja, se enlazarán con ella y tendrán cachorros. Sólo de esta forma podrán quedarse en la manada. De lo contrario, tendrán que irse para no volver.
―Lykos, no recuerdo que en las Leyes de los Cambiaformas…
―¡Las Leyes de la Manada prohíben tales uniones! ¡No importa lo que digan las Leyes de los Cambiaformas! Siempre ha habido amantes del mismo sexo, pero nunca se ha producido un enlace entre ellos. Hasta ahora no había dicho nada ya que el Consejo había aceptado el vínculo entre mi hijo y ese estúpido humano. Pero, ¡se acabó! No consentiré que ningún hijo mío denigre el prestigio del apellido Bradsley. ―Lykos miró entonces a Phelan, apuntándole con el dedo índice―. Ya huiste una vez con la cola entre las piernas, como un vil cobarde. No permitiré que te enlaces con esos dos maricones que piensas que son tus parejas. ¡Como si eso pudiera existir! ¡Un acoplamiento entre tres lobos! ¡Blasfemia! Más te vale que aceptes mi propuesta, Phelan. Elige a una bonita chica de la manada o ¡yo mismo te echaré a patadas de aquí!
―¡Phelan es nuestra pareja! ¡Y nadie lo apartará de nosotros! ¡Ni siquiera tú! ―rugió Conall.
―¿Te atreves a enfrentarte a mí? ¡Ni siquiera me llegas a la barbilla, enano marica!
Conall escupió un alarido y se lanzó hacia Lykos, al mismo tiempo que se convertía en un lobo. Sus dientes alcanzaron el brazo del Beta, que empezó a sangrar profusamente. Un grupo de hombres de la manada se echó encima de él intentando quitarlo de arriba de Lykos, pero Conall era demasiado fuerte y repelió el ataque. Aunque en el transcurso soltó a Lykos que aprovechó para convertirse en animal. Lykos aulló tirándose hacia Conall, este lo esquivó y ambos quedaron frente a frente retándose con la mirada. Los presentes se apartaron hacia las paredes dejando a los dos lobos en el centro de la sala. Y entonces se arrojaron de nuevo a la pelea entre los alaridos de los que estaban alrededor.
Lope y Phelan cogieron a Dee por los brazos alejándola de la lucha, mas ella no podía quitar los ojos de aquella fiera de pelaje castaño. Conall se movía rápido, evadiendo cada ataque y enfureciendo cada vez más a Lykos, cuya respiración se volvía errática por momentos. A Dee el corazón le latía a mil por hora. Su vista iba alternando a las dos bestias en su contienda. Las heridas de Lykos goteaban sangre, el hocico rezumaba espuma y el azul de su mirada se volvió irascible. Precipitándose el uno contra el otro, se enzarzaron en una serie de arañazos y mordiscos y en unos segundos, que a Deeann le parecieron eternos, Conall consiguió aprisionar el cuello de Lykos con sus afilados colmillos y someterlo contra el suelo.
Ante la vista de todos, Conall había sido el vencedor. Un brillo se vislumbró en los ojos de Conall que adquirieron un color amarillento. Dee respiró, llenando sus pulmones del aire que sin saberlo había estado reteniendo. Phelan a su lado, dejó que una mirada de satisfacción se posara sobre los dos animales. Lynn sonrió y aplaudió, y Thamar se quitó las lágrimas que ya bajaban por sus mejillas.
Lope se acercó a su pareja y acariciando su cabeza hizo que se desenganchara de la garganta del Beta. Una de las mujeres le pasó una manta, que él colocó sobre el cuerpo peludo de Conall, quien unos instantes más tarde estaba sobre sus dos piernas.
―Eso ha sido muy caliente ―le susurró Lope en el oído a Conall, que sonrió negando con la cabeza.
Lykos estaba herido en lo más hondo de su ser. En su orgullo. Había sido superado delante de su manada. ¿Cómo iban a respetarle ahora? Observó a los dos esperpentos que se murmuraban al oído con sendas sonrisas en sus pánfilas caras. No podía permitir que aquello acabara así. Él no iba a ser sometido por un chupador de pollas. Gruñó y haciendo acopio de sus últimas fuerzas descargó un zarpazo en medio del pecho desnudo de Conall. Lope salió expulsado cayendo contra el suelo.
―¡Basta! ―exclamó Dee apartando a los que estaban en su camino y precipitándose hacia Conall, le protegió con su cuerpo.
Simultáneamente, Lope se echó sobre Dee y Phelan se transformó en una enorme bestia, la cual colocándose delante de sus tres parejas expulsó tal rugido que hizo retumbar la superficie bajo sus patas. Lykos echó sus orejas hacia atrás y gruñó en respuesta, pero su hijo lo doblaba en tamaño. Tras Phelan, Dee y Lope ayudaron a Conall a ponerse en pie.
―Lykos, escucha lo que te dice Phelan ―dijo Conall y recitó―: “Esto se acabó, padre. Vamos a irnos y no puedes hacer nada por evitarlo. Ellos son míos. Y si tengo que matarte para que nos dejes ir, lo haré. Yo no soy tan benevolente como mi pareja”.
La multitud contempló sorprendida lo que estaba ocurriendo. Nunca, nadie, desde que Lykos era el Beta líder de la manada, éste había sido ganado. Tal vez, había ocasiones en las que incluso el gran lobo se equivocaba. Era evidente que esos chicos se habían acoplado, sólo los compañeros destinados eran capaces de hablarse mentalmente.
―Lykos, creo que esta vez vas a tener que admitir tu derrota.
La voz de Marlowe hizo eco en medio del silencio. El Alfa, que se había acercado a paso lento al grupo central, puso su mano en la cabeza de Phelan y le rascó las orejas.
―Vamos, es tiempo de cambiar. La disputa ha terminado.

Aquí termina el capítulo 11.

Sólo quería comentaros que he realizado una guía de términos y otras cosas para aquellos lectores que se sientan perdidos a la hora de entender el universo de Unión Divina. Aquí abajo está el enlace.

También estará disponible en la página de la trilogía y en el primer capítulo.


Déjate capturar: Capítulo 10

¡Hola!

Tal y como dije, ¡nuevo capi!

Iba a dejarlo para dentro de un par de días, pero he decidido acortar el capítulo y publicarlo, y así poder colgar otro capítulo más rápido.

Bueno, os dejo para que leáis.

Muchos besos y espero que os guste aunque sea cortito.

Capítulo 10

Estremeciéndose, Phelan se puso en pie con la ayuda de una muy sonrojada Deeann. Una camisa cayó sobre sus hombros a la vez que era sujetado por unos fuertes brazos.
—Ve despacio, el primer cambio puede marearte un poco —susurró Lope en su oído, mientras Conall cerraba los botones.
—¿Estás bien? —preguntó éste con un tinte de preocupación en la voz.
Phelan asintió. Entonces una sonrisa traviesa apareció en los labios de Conall y alzó las cejas a la vez que decía:
—Ese ha sido, con diferencia, el lobo más grande que he visto en mi vida.
Deeann nunca había sentido tanta agresividad, ira y temor juntos. Pensando en todo lo que había ocurrido desde su llegada al pueblo, tragó saliva.
No habían pasado ni dos minutos desde que Phelan se había convertido en humano, cuando unos hombres enormes les habían rodeado y los habían obligado a caminar hasta la casa central del pueblo. Ni siquiera habían permitido que Phelan se vistiera o que Lope fuera a por otra camisa. Sólo los habían empujado hasta llegar allí.
Mientras los supuestos guardias los custodiaban, miró a su alrededor, se encontraba en un pasillo largo y ancho con múltiples puertas a los lados, y al final de éste, había una gran sala de techos altos y oscuros. Examinando las esquinas del techado pensó que si alguien se escondiera allí, nadie le vería. La madera crujía bajo sus pies a cada paso que daba, como una velada advertencia de lo que estaba por venir. Parecían decir “estás en problemas” en letras grandes y en mayúsculas. Respiró.
El corazón empezó a latirle muy rápido cuando vio que la gente del pueblo empezaba a rodearles. ¿Por qué los habían llevado allí? ¿Por qué tanto revuelo? ¿Por qué esas caras de recelo, esos susurros? Dee se estremeció, todos parecían caminar a su sentencia de muerte. ¿Quién demonios la había mandado a meterse en semejante lío? Cerró los ojos derrotada, cuando una mano grande y cálida se apoyó en su cintura.
—Todo irá bien. —Lope sonrió a su lado y Dee inexplicablemente se sintió mejor.
Le observó, fijándose en su postura y en el perfil de su rostro. Lope a su lado permanecía alerta y listo para atacar en cualquier momento. Dee frunció en el entrecejo, Conall y Phelan estaban igual de tensos, apenas a una zancada de distancia.
Echando la mirada hacia atrás, Deeann vio que incluso Lynn parecía dispuesta a pegar un buen puñetazo al que se le pusiera delante. Thamar era la única que parecía serena y tranquila, y cuando la pilló viéndola le ofreció una suave sonrisa. Deeann se la devolvió y regresó su mirada al frente. Ambas habían llegado a la carrera, como llevadas por un presentimiento. Se habían puesto detrás de ellos cuatro y no habían permitido que nadie más se acercase. Dee seguía preguntándose si aquello no era un sueño. ¿Hombres lobo? ¿Coches explotando?  Seguro que se había quedado dormida viendo “Crepúsculo”.
Cogió una buena cantidad de aire en sus pulmones y la fue dejando escapar lentamente para intentar tranquilizarse. Sea lo que sea que fuera a ocurrir iba a necesitarlo.
Cuando les dieron el alto, estaban a un par de metros de lo que parecía una silla que en otro tiempo había sido lujosa, con el asiento forrado en terciopelo rojo y barnizada en ocre. Ahora el terciopelo sólo se podía notar en los bordes.
Sentado en él había un hombre: la melena suelta y castaña le llegaba a los hombros que parecían dos rocas; el rostro cuadrado, sólo estropeado por una fea cicatriz en la mejilla, enmarcaba unos misteriosos ojos azules; y la piel morena y curtida por el sol completaban su figura intimidante. Deeann estaba segura de que podría desgarrar el cuello de una persona si quería.
El hombre se puso en pie y alzó la mano, logrando que el murmullo que había impregnado el ambiente desde que habían entrado cesara, y cuando abrió la boca para hablar, el silencio era tal que se podría haber escuchado a las hormigas caminar.
—Miembros de la Manada de Elwood, estamos aquí porque el beta Lykos Bardsley ha solicitado una reunión de urgencia y, como Alfa, se la he concedido. Bien, habla Lykos, ¿qué es eso tan importante que no podía esperar?
Phelan giró el rostro bruscamente hacia la sombra que surgió desde una esquina de la sala. La multitud se apartó para dejarle pasar. Y entonces le vio. Casi seis años habían pasado desde la última vez que había visto a su padre. Reprimió un gimoteo angustiado, a pesar de los años y de todas las cosas que había vivido, seguía experimentando esa sensación de inseguridad y de inferioridad frente a él. Se maldijo interiormente. Y se odió por estar vestido sólo con una camiseta prestada en su presencia, viéndose ridículo, una vez más.
Debió de permitir que sus emociones cruzasen por su cara, o tal vez, lo habían notado a través el vínculo de apareamiento, el caso es que unos segundos después, sus tres parejas le estaban envolviendo. Dee le tanteó con la mirada a la vez que le cogía de la mano, él le dio un apretón y una sonrisa. Conall se pegó a su lado izquierdo, mientras Lope se colocaba en el derecho de Deeann. Phelan inspiró y miró a su padre a los ojos por primera vez en más de cinco años.
Por fin se sentía listo.
Esta vez iba a encarar a su padre. Y en esta ocasión, pensaba ganar.

Déjate capturar: Capítulo 9

¡Buenas!
Aquí estoy de nuevo, con un nuevo capi y algunas noticias. 
La buena es que ya he empezado el capi 10 y que me gustaría tenerlo, como muy tarde, para la primera semana de septiembre. La mala es que esa semana empiezo los exámenes y voy a tener que volcarme en estudiar estos días, así que no puedo prometer nada. Pero haré lo que pueda.
Me siento muy halagada por los bonitos comentarios que me dais sobre la historia, yo más que nadie me alegro de que os guste. Siempre anima a continuar saber que a la gente le gusta lo que haces. 
Muchas gracias por seguir conmigo y no desilusionaros porque a veces tarde mucho en publicar. Por desgracia la universidad coge mucho de mi tiempo libre, estoy segura de que me entendéis, ;).
Y ahora el capi. 
¡Muchos besos!



Capítulo 9

Lyall rodeó con pequeños pasos la mesa hasta quedar justo en frente de la fiera, que sin dejar de gruñir no les quitaba los ojos de encima. Maldijo en voz baja por haber sido tan idiota. «¿Cómo no lo había visto venir?» Un lobo acoplado podía transformarse fuera del influjo de la luna llena. «¿Pero un cambiaformas que no se había convertido nunca en su forma animal también podía hacerlo?» Lyall acababa de descubrirlo.

Se pasó la mano por el pelo. Su cabeza daba vueltas intentando buscar la forma de sacar a su pareja sin poner en peligro ni a él ni a su hermano.

Connor quería aproximarse a su amigo, sabía que estaba más asustado que cualquier otra cosa. Podía verlo. «¡Joder! ¡Él lo estaría si de repente se hubiera vuelto un peludo de cuatro patas!».

—No te acerques, Conny susurró.
Pero es Phel se lamentó Connor.
Está pasando por su primer cambio, hasta que su lobo y él se acostumbren a su mutua presencia, desconocemos cómo puede actuar. Es mejor quedarse fuera de su alcance.
Pero es Phel ―repitió―. Él nunca nos haría nada.
―Eso no lo sabemos ―respondió tajante Lyall.
Connor le rodeó con sus brazos y le abrazó, no quería tener miedo, pero nunca había visto a un lobo tan grande. Ni siquiera Lyall le había mostrado su forma animal para no asustarlo, a pesar de que Connor había insistido mucho. Lyall siempre decía que no era de tamaño normal y ahora podía asegurarlo. Una bombilla se encendió en su cabeza.
―¿Porqué no te transformas?
Lyall le miró sorprendido y negó con la cabeza.
―Me vería como una amenaza. Y entonces seguro que nos atacaría.
―¿Y qué hacemos?
―Lo único que se puede hacer en esta situación: esperar.
Connor resopló. «Estupendo».
La vista era desoladora. Su taller. Su amado taller hecho pedazos. Lope gimió. Ahora tendría que empezar de nuevo. Menos mal que tenía algunos ahorros y esperaba que algo quedase dentro del local que se pudiese salvar. Alguien tras él le rodeó con los brazos besando su nuca. Sintió la calidez y el apoyo de Conall, y se recargó en su pareja que no tuvo problemas para sostenerle, a pesar de los diez centímetros que los diferenciaban.
―Lo solucionaremos.
―Lo sé ―asintió Lope con decisión.
―Lo siento ―dijo una voz por detrás de ellos. Dee se abrazaba a sí misma, apretujando la camisa de Lope, varias tallas más grande que ella―. Sólo pensaba en mis cosas. No tenía ni idea de que tan mal se vería todo.
El hispano observó el desastroso escenario y vio la tristeza en los ojos de su compañera. Suspiró. Si bien era cierto que le molestaba tener que reconstruirlo todo de nuevo, odiaba más la idea de haber podido perder a dos de sus compañeros. Se acercó a la chica y la abrazó, colocando su mentón sobre el cabello castaño.
―¿Qué… porqué? ―preguntó entrecortadamente, sin abrazarle de vuelta ni dando muestras de querer apartarse.
―Tu aún no lo sabes, pero nosotros tenemos una conexión. Estoy seguro que ya la has sentido más de una vez.
Lope notó que Dee se relajaba y asentía. Le puso un dedo sobre la barbilla y levantó el rostro de la muchacha. Sus ojos dorados le miraron confundidos.
―Pronto todo tendrá sentido, pero ahora de nada sirve lamentarse, ¿de acuerdo? ―dijo sonriendo el hispano y besó la nariz de la chica.
Dee asintió sorprendida por la muestra de afecto. Se separaron y Lope se dirigió a paso rápido hacia los escombros de lo que antes era el taller, dónde Conall ya estaba trabajando.

Phelan estaba cagado de miedo. Sólo unos segundos antes había estado discutiendo con su hermano y ahora estaba lleno de pelo y sobre cuatro patas. Y toda su ropa estaba desgarrada y regada por el suelo. ¿Y por qué no podía dejar de gruñir? No entendía nada. Veía a los dos jóvenes delante de él y apenas podía reconocerlos. Recordaba las ocasiones en las que habían estado juntos y sus conversaciones, pero de alguna forma no era lo mismo. Sabía quiénes eran y que eran importantes para él, aunque no terminaba de encajar el porqué. ¿Cómo había llegado a esto? La mente humana de Phel se debatía sin saber qué hacer.
Su lobo, sin embargo, estaba exultante y quería ir a correr al bosque. Phelan no podía permitir eso… ¿verdad? ¡Era una locura salir cuando cualquiera podía verte! Y al mismo tiempo, ¡era tan tentador! Sólo dejarse llevar y permitir que su otra mitad tuviese el control. El animal aulló de gusto ante esa idea. Tras unos momentos de lucha interior, Phel se relajó acordando no oponer resistencia, decidió que podía hacer algo arriesgado por una vez. Y el lobo saltó por encima de las cabezas de sus asustados espectadores y salió de la casa atravesando el cristal de la ventana, que se rompió en cientos de pedazos.
Olfateó con el hocico en alto, el aire sabía a libertad. Se internó con rapidez en el bosque, sintiendo la tierra bajo sus garras. Cada pisada era un escalón más lejos de su pasado. Phelan sintió su corazón hinchado de orgullo. Si tan sólo su padre le viera ahora, estaba seguro que era incluso más grande que Lyall. Gruñó recordando su niñez. Ojala hubiera podido cambiar antes. No le habrían pasado la mitad de cosas que había tenido que sufrir. ¡A ver si Silvester se atrevía a meterse con él! Estaba deseando enseñarles a todos el tamaño de su lobo. Aulló en mitad de su carrera, triunfante, sintiéndose el ganador por vez primera.
Alargó la huida hasta que sus patas empezaron a doler y sus pulmones quemaban por el esfuerzo. Apuesto a que tendría agujetas después de esto. Desaceleró el paso, llegando al lago que había a unos quilómetros del pueblo de la manada, y se tumbó en la orilla inhalando los diferentes aromas del bosque. Las flores, los animales, incluso los insectos, cada uno era un mundo nuevo. Cerró los ojos sintiéndose calmado, dejando que desconocidos sonidos inundaran sus orejas por primera vez. Oyó arrullo el del agua y el canto de los pájaros, el rumiar de las ardillas y el batir de alas, el silbido del viento y… ¿el ronroneo de un motor?
Phelan alzó la cabeza, alerta de pronto. Aquel era un bosque inmenso y las tierras pertenecían a la manada. Quienquiera que estuviera allí, había entrado sin permiso y no había ido con buenas intenciones. Se incorporó con presteza decidido a indagar de dónde venía el ruido y porqué había alguien en aquel lugar. Trotó todo lo silenciosamente que pudo hasta entrar de nuevo dentro de la seguridad que le daba el forraje y los árboles, y después siguió a sus oídos.
No fue difícil encontrar al intruso, que sin intentar esconderse estaba sentado con una pierna a cada lado de la moto, una de esas ligeras y rápidas que se utilizaban para correr por tierra. El olor a gasolina y a rueda quemada anegaban la zona. Se agazapó entre dos arbustos para poder mirar mejor: un casco y unas gafas de sol le impedían ver el rostro, pero Phelan memorizó cada rasgo del medio de transporte y de su conductor. La motocicleta, cuya pintura blanca y roja no sería difícil de reconocer, permanecía encendida con la mano del extraño en el puño del acelerador, mientras asentía al móvil que sostenía con la otra.
No, no los he encontrado aún… Sí, lo sé, pero… Está bien… Dalo por hecho.
Terminó la comunicación soltando una maldición a la vez que guardaba el teléfono en uno de los bolsillos de la cazadora de cuero verde oscuro que llevaba. Después miró a su alrededor y con un movimiento de muñeca se fue entre una nube de polvo y tierra.
Phelan estuvo tentado a seguirle, su parte lobuna se moría por darle caza, pero en esta ocasión fue su parte humana la que llevó las de ganar. Sacudiéndose, salió de su escondrijo y observó al desconocido hasta que se perdió más allá de donde alcanzaba su vista. 
Sabía que debía avisar a la manada, así que puso en marcha sus patas y no dejó de correr hasta llegar a su destino. De repente, un dulce y afrodisiaco olor atrajo sus sentidos, y cambió de dirección. Las casas y cabañas de madera de veían borrosas mientras corría con la lengua fuera y el hocico dirigiendo su camino. El tufo a chamuscado le hizo reconocer dónde estaba y aulló de felicidad al ver a sus tres parejas mirándole entre asombrados e incrédulos.

Un escalofrío le recorrió la espalda y la hizo incorporarse de dónde estaba agachada apartando los restos destruidos del taller. Se dio la vuelta y comenzó a hiperventilar cuando se encontró de frente con el gigantesco lobo que la miraba como su fuese su próxima cena. Dee tragó saliva viendo de reojo como, igual que la última vez, la gente les rodeaba poco a poco expectantes de nuevos acontecimientos. Frunció el entrecejo. «¿Por qué le pasaban estas cosas a ella? Primero una explosión y ahora un lobo. El segundo en menos de un día y medio». Vio que trotaba hacia ella y dio un paso atrás.
Entonces el lobo paró, se sentó sobre sus cuartos traseros y ladeó la cabeza. Eso sí que nadie se lo esperaba. Varios aguantaron la respiración. Lope y Conall se acercaron lentamente a ella en actitud protectora, pero de alguna forma no parecía haber un peligro inminente. Dee inspiró y sin quitar la mirada de los ojos verdes del animal caminó hacía él. Los dos chicos intentaron impedirlo, pero se escabulló.
«¡Era una locura! ¡Se había vuelto loca! ¿Quién se acercaba a un animal salvaje que podía arrancarte la cabeza de un bocado? –Porque ese lobo tenía la boca lo suficiente grande para hacer eso y más–. Ella, por supuesto».Daba un paso cada vez, tanteando el terreno. Como el “bicho peludo ese” se moviera un centímetro, Dee pensaba correr los quinientos metros lisos y encerrarse en su habitación hasta que sus padres vinieran a por ella.
Estaba a menos de dos metros, cuando el lobo se tumbó y gimoteó, mirándola con ojos de corderito degollado. Y su miedo se esfumó. Dee fue hasta él, se arrodilló y con cuidado puso su mano sobre la cabeza del animal, que cerró los ojos y su pelo empezó a desaparecer.
Y tal como los Dioses lo trajeron al mundo, Phelan apareció y sonrió, en medio de un millar de gritos y maldiciones.

Déjate capturar: Capítulo 8

¡Hola!

Espero que os lo estéis pasando bien en las vacaciones, yo ya he vuelto de las mías. Ahora me toca ponerme a estudiar para los exámenes de septiembre, pero antes toca publicar el nuevo capi.
El internet es un poco deficiente, porque estoy en alta montaña y apenas lo capta, pero he conseguido un par de rayitas en la conexión, así que voy a aprovechar antes de que desaparezcan. (Si hay algún fallo, es de la conexión).
¡Un abrazo!

Capítulo 8

Lope sonrió viendo la situación acaramelada que había frente a él.

—Veo que todo terminó bien.
Conall dejó salir una de sus pícaras sonrisas y le indicó con un dedo que se acercara. Lope tiró su toalla lejos y gateó por la cama hasta quedar encima de él. Phelan jadeó. ¡Cómo iba a disfrutar estar en la cama con aquellos dos hombres! Tras besar a Conall, el hispano se volvió hacia él y cubriéndole con su cuerpo juntó sus labios, en lo que prometía ser un preludio de lo que sucedería después. Luego bajó por su cuello y lamió la marca de Conall. Phelan gimió, notando como cada uno de los músculos encajaban a la perfección con los de él.
Creo que a nuestro compañero le gustan los mimos dijo travieso Lope.
Por supuesto que le gustan aprobó Conall.
Phelan suspiró de gusto viendo como Lope y Conall se besaban otra vez. En algún momento, tras haber descubierto que tenía tres parejas, pasó por su mente que tal vez tendría celos de verlos entre ellos, pero descubrió sorprendido que no era así. Todo lo contrario, de hecho le excitaba.
Espero que me hayas echado de menos, porque me niego a volver a dormir en otro sitio que no sea nuestra cama declaró Lope.
Eso ni lo pienses habló Conall.
Bien —asintió el hispano, luego palmeó el muslo de su compañero. Bueno, en pie. Tenemos una pareja a la que conquistar.
Entonces se levantó de la cama y se dirigió a los cajones del armario. Conall resopló y se dejó caer en el colchón. Phelan se rió y se levantó antes de que Conall pudiera atraparle. Mientras Lope se vestía rodó los ojos, después decía que era él el incansable.
¡Mierda! exclamó en aquel instante Phelan dándose un manotazo en la frente. Los dos lobos le miraron con extrañeza. ¡Se me ha olvidado la ropa en casa de mi hermano!
Lope negó con la cabeza, mientras Conall soltaba una carcajada. 

Tras haberse lavado la cara y hecho sus necesidades, Dee comenzó a vestirse con la ropa que le había dejado Lynn. Suspiró viendo como sus pechos sobresalían un poco demasiado de la camiseta de tirantes. La subió un poco hacia arriba, pero entonces su ombligo quedó al aire. Cerró los ojos y decidió que aquello no iba a afectarle, pero después de haber perdido gran parte de sus cosas en la explosión se preguntó cómo no iba a hacerlo. Terminó de abrocharse los vaqueros, entró al baño y se miró al espejo.
«Por todos los diablos, parezco un putilla barata. ¿Cómo iba a presentarse de esa guisa delante de todos ellos? No, de eso nada». Regresó a la habitación y con decisión se dirigió a la puerta dispuesta a robarle a Lynn algo que enseñara menos, pero al abrirla se encontró de frente a Lope.
El hispano no pudo evitar echar una ojeada de arriba abajo a la joven. Estaba para comérsela, y su lobo no podía aguantar para saborearla. Pero aún no era el momento, así que tomó una larga inspiración y le dio una sonrisa. Dee enrojeció notando el repaso y se cruzó de brazos para intentar cubrirse. Sin éxito.
—¿Querías algo?
—Ha sido Lynn, ¿verdad? —contestó Lope señalando el atuendo de la chica. Ella asintió.—. Mi hermana tiene un retorcido sentido del humor.
—Ya lo creo —susurró Dee envolviéndose a duras penas con los brazos.
—Toma mi camisa —dijo con rapidez poniéndosela a ella sobre los hombros—. No es gran cosa, pero es mejor que…
—No, es genial, gracias —replicó Dee intentando no mirar el torso desnudo del chico.
Mi madre nos ha dejado el desayuno en la nevera, espero que tengas hambre. —No hubo ni terminado la frase cuando el estomago de Dee hizo acto de presencia—. Eso parece un sí.
Lope sonrió y a Dee se le colorearon de nuevo las mejillas. Como siguiera así iba a parecer un Papa Noel de los que vendían en las tiendas. Aún así se la devolvió.
Cuando llegaron a la cocina allí ya estaban los otros dos muchachos, pero no había ni rastro de Lynn o de Thamar. Lo que sí que había era un delicioso banquete de tostadas, mantequilla, mermelada, bacon, huevos revueltos y chocolate. Dee se relamió los labios, hacía mucho tiempo que no veía un desayuno en condiciones. «¡Cómo echaba de menos las comidas de su abuela!»Suspiró, se sentó en la mesa y comenzó a servirse un poco de todo.
Entonces escuchó una risa que captó la atención de la chica. Levantando la mirada vio a Phelan, que apoyado sobre la encimera, sonreía. Dee observó su atuendo y como no podía hablar ya que su boca estaba ocupada, frunció el entrecejo y le señaló con el dedo.
―Conall. ―Fue su explicación cogiendo el dobladillo de la camisa que le llegaba a los muslos.
―Tú también… ―Dee abrió los ojos.
―No. ―Phelan negó con la cabeza―. Mi maleta está en casa de mi hermano. Después iré a por ella.
Dee asintió y continuó comiendo perdida en sus pensamientos.
Conall a su lado la espiaba de reojo, sin saber muy bien cómo empezar una conversación. «¿De qué se podía hablar con una chica? ¿De maquillaje?» Resopló. Con Phelan había sido más fácil, después de todo se conocían de antes. Pero ella era una desconocida, aparte de que no era una loba, y aquello último iba a ser ‘algo’ complicado de explicar. Conall cogió una tostada y la mordió. Y resopló de nuevo.
Lope contempló a los que el destino había elegido como sus compañeros de vida y sonrió. Aunque todavía les quedaba un largo camino por recorrer, esperaba que todo saliera bien. No obstante, y a pesar de la felicidad que le rodeaba, su mente regresó a la bomba que había destruido su taller y el coche de Deeann. Frunció el entrecejo. «¿Quién les odiaría lo suficiente para intentar matarlos?» No lo sabía, mas pensaba averiguarlo.

Phelan tocó el timbre y esperó. Segundos después un Connor recién duchado le abrió la puerta. Phelan le saludó con la mano y su amigo le miró con desconcierto.
―¿Qué demonios llevas puesto?
―Buenos días, ¿has dormido bien? ¿Te apetece entrar? Sí, gracias. ―Connor parpadeó y Phelan se hizo espacio para pasar al interior de la cabaña.
―Vale, ahora sí que quiero saberlo todo. Tu nunca usas la ironía a no ser que algo muy fuerte haya pasado ―dijo Connor cerrando la puerta y siguiendo a Phelan al salón, dónde éste estaba―. Siéntate y habla.
Phelan bufó y se dejó caer en el sofá, tumbándose todo lo largo que era. Se rascó la cabeza. «¿Cómo empezar?», se preguntó. Le dolía la cabeza. «¿Por su infancia, quizás? No, esa historia ya se la había contado. ¿Tal vez por…?». Quién se iba a imaginar todo lo que había pasado en menos de un día. Giró la cabeza al escuchar un resoplido proveniente de Connor, que esperaba impaciente sentado en el otro sillón.
―Puedes empezar cuando quieras.
Phelan se rió. «¿Quería empezar? Iría al grano entonces».
―Anoche me acosté con Conall y esta mañana me he morreado con Lope.
Connor tardó unos minutos en comprender sus palabras. Phelan supo que las había asimilado cuando soltó un grito ahogado y se puso de pie de un brinco.
―¡Venga ya! ¡Estás de coña!
―Nop ―dijo Phelan poniendo sus manos detrás de la cabeza.
―¡Ay, mi madre! ―exclamó Connor―. Lyall te mata.
―¿A quién voy a matar? ―preguntó una voz por detrás.
Connor se dio la vuelta sonriendo inocentemente y Phelan se sentó lo más recto que pudo en el sofá. Lyall se acercó a su prometido rodeándole con los brazos y le besó. Luego miró de uno a otro.
―¿Y bien? ―Lyall alzó las cejas.
―Phel se ha acostado con Conall y con Lope ―dijo con celeridad.
―¡Connor! ―protestó Phelan levantándose de golpe.
Connor hizo una mueca de disculpa y Phelan se desplomó en el sofá suspirando. Lyall miró entonces a su hermano pequeño arrugando el entrecejo. Caminó hasta él y cogiéndole de los hombros le hizo ponerse a su altura y comenzó a zarandearle.
―¿En qué estabas pensando, Phel? ¡Nuestro padre se va a poner furioso!
Phelan se soltó del agarre cruzándose de brazos.
―¿De qué hablas?
Connor observó el duro intercambio de miradas entre los dos hermanos, sin saber qué hacer. Miraba de uno a otro queriendo decir algo, pero sin que ninguna palabra saliera de su boca. Lyall se pasó la mano por el pelo y gruñó.
―Vamos a la cocina. Odio discutir con el estómago vacío.
Los dos amigos se miraron y le siguieron en silencio, uno triste y el otro encrespado, «¿a qué venía eso?»

―¡Cómo te atreves! ¿Cómo pudiste decirle eso a padre? ―gritó iracundo el hermano pequeño dando un golpe tan fuerte en la mesa que toda ella tembló―. ¡Yo soy gay! ¡Lo he sido siempre!
Lyall entrecerró los ojos alzándose en toda su altura, algunos centímetros más alto que Phelan. Connor cerró los ojos y negó con la cabeza, recargándose en la silla. «Y allá iba».
―¡Tal vez pensé que tu pareja podría ser una mujer! ¡No dos estúpidos machos alfa!
―¡Pues pensaste mal! ¡Y ellos no son estúpidos! Fueron los únicos que me trataron como alguien normal cuando me di cuenta de que no podía cambiar ―dijo clavándole el dedo en el pecho a Lyall.
Phelan notó el agua en sus ojos, pero no le hizo caso.
―¡Y me han aceptado sin preguntar nada! ¡Porque yo soy su pareja y eso les basta! ―Cogió aire mientras algunas lágrimas caían por sus mejillas. Con los brazos a los lados y las manos en puños continuó―. Siempre pensé que un lobo estropeado como yo nunca podría tener una pareja…
Un sollozo salió de su garganta que él pronto reprimió. No se dio cuenta cuando el pelo empezó a salirle de las manos y sus uñas crecieron hasta convertirse en garras. Gotas de sangre cayeron al suelo. Connor alargó el brazo para consolar a su amigo, pero su prometido lo impidió colocándose delante.
―Pero ahora tengo tres ―gruñó y al mirar a su hermano sus ojos adquirieron un nítido color verde esmeralda―, ¡y son míos!
Un aullido retumbó en las paredes e instantes después un lobo de enormes proporciones se encontraba en el mismo lugar en el que antes había estado Phelan.

Déjate capturar: Capítulo 7

¡Por fin! 
Uff, no sabéis las ganas que tenía de tener un par de días libres para poder terminar el capítulo, echarle el visto bueno y poder publicarlo.
Este segundo trimestre ha sido horrible, entre el accidente doméstico de mi madre -está bien, sólo un esguince-, los trabajos de la universidad y y los exámenes, parciales, etc; no ha habido ni un fin de semana libre. Pero por fin, tras el parcial de ayer, me he tomado un ratito para continuar la historia, que ya era hora. Espero que cuando se terminen los examenes a finales de junio pueda avanzar más rápido.
Por ahora, os dejo con el capítulo 7, espero que lo disfrutéis. Y ya sabéis, faltas de ortografía y demás, me lo decís. 
¡Besos!
Capítulo 7
En un momento dado, Conall empezó a estirarse y gimió. Al segundo siguiente, tenía a Phelan encima de él desabrochándole el cinturón desesperado.
 ―Oye, oye, ¿qué haces?
―Compruebo que no te quedan secuelas. Ese tipo de golpes pueden causar daños permanentes.
Conall soltó una risa.
―Soy un hombre lobo, Phelan. Esos supuestos no se nos aplican, ¿recuerdas? Somos inmune a las enfermedades humanas y tenemos la curación acelerada ―explicó con una media sonrisa.
Phelan asintió y le miró con preocupación, luego se acurrucó en su costado, poniendo la palma de la mano sobre el pecho desnudo de Conall.
―Lo siento ―se disculpó de nuevo―. Es que son muchas cosas a la vez. No sé cómo…
Conall se acostó de lado y le acarició la mejilla con el pulgar, regalándole otra sonrisa.
―Phel, eres maravilloso, pero esa cabeza tuya piensa demasiado ―dijo con suavidad―. Todo esto es nuevo para ti; las parejas, la atracción… Lo comprendo. Puede ser… difícil de controlar, pero no imposible. ¿Sabes? Todavía recuerdo cuando Lope y yo nos dimos cuenta de que éramos compañeros; no salimos de mi habitación en tres días. Mi madre tenía que dejarnos la comida en bandejas frente a la puerta ―Conall sonrió―. Ella y Lynn tenían que dormir con tapones y por el día ponían la música a tope para no escucharnos.
Phelan sonrió con ternura y luego puso una cara de extrañeza.
―¿Y cómo es que no conseguisteis acoplaros?
―No lo sé, es algo extraño, porque la marca a penas duraba un día ―admitió Conall―. Pero esta mañana por fin lo conseguimos.
Phelan suspiró mirando al techo.
―Yo llegué esta mañana, igual que Deeann. ―Frunció el entrecejo, pensativo. Todo había pasado muy rápido; su llegada al pueblo, la chica, el coche estallando, Silvester… ¿Casualidad? Imposible. Entonces tuvo una súbita revelación, se le abrieron los ojos como platos y se incorporó de golpe―. Eso es. ¡Por eso no podíais acoplaros!
―Faltabais vosotros dos ―asintió Conall imitando el movimiento de su compañero. Soltó una risa―. Ya verás cuando se lo diga a Lope ―sonrió y se volvió hacia Phelan―. Me alegro de que aceptaras venir.
Y sin dejar que el chico respondiera le agarró por la nuca y le besó. Phelan abrió la boca y sus juguetonas lenguas se volvieron a encontrar. Las erecciones que habían descendido, volvieron a la vida entre medio de caricias y manos traviesas. Conall empujó hacia la cama a Phelan que no opuso resistencia y lo aprisionó bajo su peso. Phelan jadeó, llevando sus manos al borde de los pantalones del otro e introdujo sus dedos atrapando así el culo de Conall.
―Phelan…  si continuamos así… yo… no voy a poder parar… ―alcanzó  a decir entre besos.
―Estaré orgulloso de lucir tu marca, Conall ―dijo solemne Phelan dejando libre su cuello en completa aceptación.
Conall miró a los ojos marrones de Phelan y vio admiración y respeto, y algo más que no sabía aún cómo interpretar. Pero sobre todo notó deseo; un deseo tan profundo que sólo podía darse entre las parejas destinadas. El mismo deseo que se reflejaba en sus iris azules. Sonrieron y con rápidos movimientos lograron quitar la ropa que había empezado a molestar. Conall contempló el cuerpo esbelto de Phelan, que no era ni delgaducho ni muy corpulento, sino que era todo fibra y de músculos finos y duros. El lobo estuvo a punto de babear.
―¿Gimnasio?
―Carreras al amanecer ―respondió Phelan y alzó su cabeza en busca de otro beso.
Conall no preguntó más, se dedicó a recorrer con sus manos cada parte del cuerpo abajo de él que pudo alcanzar sin despegarse de los labios de su pareja. Una llegó al miembro endurecido y se lo apretó, sacándole un jadeo a su compañero de cama. Éste pasó los dedos por su espalda logrando que el otro chico gimiera.
―Lo sient-… ―Pero Phelan no pudo decir nada más, porque Conall le metió su lengua hasta la garganta.
Phelan estaba abrumado por las sensaciones, por las reacciones que le provocaba Conall. No podía decir que no había tenido relaciones antes, pero podía asegurar que nunca habían sido tan intensas como estaba siendo esa. Ahora entendía, ahora podía comprender el deseo, el hambre que consumía a su mejor amigo y a su hermano, ¿cómo iban a resistirse? ¿Cómo iba alguien a querer resistirse?
Conall dejó la boca de Phelan y empezó a bajar por el cuello, dejando un rastro de besos a lo largo del torso del chico más bajo.
―Vaya, vaya, alguien está muy bien dotado ―dijo Conall con una sonrisa haciendo sonrojar a Phelan, quien jadeó cuando Conall empezó a lamer la cabeza de su erección.
Phelan no podía pensar, sólo podía ver como los cabellos castaños de Conall bajaban y subían al mismo tiempo que su boca le chupaba y le estimulaba. Agarró las sábanas a sus costados y gimió.
―Voy… voy a…
―Aún no ―dijo Conall apretando con fuerza la base del pene de Phelan y cortando el orgasmo.
―¿Qué? ¿Por qué?
—Porque aún no estoy dentro de ti —explicó serio Conall.
—¡Oh!
Phelan no pudo evitar sonrojarse. En la mirada azul de su pareja había tal determinación que sintió que había visto lo que había en su alma y en su corazón. Su respiración se aceleró mientras veía como Conall subía por su cuerpo sin dejar de mirarlo a los ojos y se colocaba entre sus piernas.
—Sube las rodillas —ordenó Conall buscando en el cajón de su mesilla de noche y sacando una botellita de lubricante.
Phelan obedeció impaciente. Pero no tuvo que esperar mucho, ya que pronto unos dedos llegaron a su trasero y empezaron a tantear su entrada. Cuando el primero de ellos se introdujo en su interior, Phelan siseó.
—Ha pasado un tiempo desde que… —dijo al ver la cara de extrañeza de su pareja.
Conall entrecerró los ojos y en un impulsivo gesto metió de golpe tres de sus dedos tan al fondo como pudo. Phelan gritó clavando sus uñas en los antebrazos de su compañero y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Espero que sepas que yo no comparto. Tu culo, tu polla y tu boca son míos, ¿entendido? —gruñó Conall.
—Idiota, ya lo sabía —respondió Phelan con una mirada acusadora.
—Bien.
El beso que vino después fue áspero, duro y profundo. Hubieron dientes, mucha lengua y alguna gota de sangre. Los dedos de Conall empezaron a hacer un movimiento de tijeras logrando que el chico más pequeño se retorciera bajo él. Phelan jadeó casi sin aliento cuando un Conall sonriente se apartó. Profundizó su exploración observando el semblante ruborizado de su pareja de cama y encontró la próstata, la cual apretó y tocó hasta que Phelan eyaculó en medio de un grito de placer.
Conall sacó sus dedos y se colocó en posición para penetrarle, mientras un desfallecido Phelan intentaba hacer llegar aire a sus pulmones. Entró de una estocada y buscó los labios de su compañero, cogiendo a la vez su miembro que volvió a la vida con brusquedad. Phelan no se resistió; no habría podido aunque hubiera querido. Lo deseaba. Rodeó con los brazos el cuello y con las piernas la cintura de Conall. Éste lo tomó como señal de que podía comenzar y así lo hizo.
Al principio fue suave como una caricia, como si quisiera probar el terreno sobre el que pisaba; luego más rápido hasta que tuvieron que despegar sus bocas. Se miraron a los ojos y Phelan apartó su cabeza dejando su garganta libre. Entonces Conall dejó salir sus colmillos y le mordió tragando el líquido carmesí que parecía ambrosía. Una cálida, determinada y un poco irascible ambrosía.
El nudo se extendió del pene a la próstata y se corrieron una, dos veces. Se besaron una vez más, como el sello de un pacto inquebrantable y Conall salió del interior de Phelan. Se abrazaron y se cubrieron con la sábana. Y ya totalmente saciados se durmieron el uno en brazos del otro.
Dee notaba una claridad molesta en los ojos. Rumió algo entre dientes y se dio la vuelta. Sonrió y se estiró con gusto. El colchón se sentía mullido y esponjoso bajo sus músculos cansados; y las sábanas estaban frescas bajo la piel desnuda de sus piernas. Dee abrió los párpados con una pregunta bailando en su mente: ¿porqué no tenía sus pantalones? Y lo que era más importante: ¿quién se los había quitado?
Se incorporó, ya completamente despierta, mirando con curiosidad a su alrededor. Estaba en una habitación rústica, de paredes de listón y con una decoración austera. Apenas había un par de mesitas de noche, unas cortinas blancas de raso, un armario alto de doble puerta y la cama de matrimonio donde ella había dormido. Todo hecho de madera. Se acercó al borde del colchón y se puso en pie. Fue hacia la ventana y la abrió, respirando la suave brisa matutina y llenando la habitación de los sonidos del bosque. 
Alguien llamó a la puerta.
Adelante.
La cabeza de Lynn apareció sonriendo.
¡Hola! exclamó con entusiasmo a la vez que entraba en el cuarto. Esperaba que ya estuvieras despierta. Te dejo algo de mi ropa ya que tus maletas se perdieron con la explosión.
Dee lanzó un grito ahogado. De pronto y como si de un rayo se tratara, los acontecimientos del día anterior pasaron frente a ella. Se llevó las manos a las mejillas y abrió los ojos como platos.
¡Oh, no! ¡Mis carretes! se quejó con voz lastimera. ¡Mi portátil! sollozó.
Lynn la miró perpleja durante unos instantes y después se echó a reír. Dee se cruzó de brazos arrugando el ceño.
No tiene gracia. ¡Ninguna!
¡Es que ayer viste a un lobo enorme y en vez de estar asustada, te preocupas por tu ordenador! replicó sorprendida la chica. No esperaba oírte hablar acerca de él como si hubieses perdido tu vida.
¡Es que la he perdido! ¡En mi portátil lo tenía todo! Apuntes, libros, todas mis fotografías… Dee refunfuñaba caminando de un lado a otro cuando de repente se paró de pronto y se llevó las manos a la cabeza. ¡Mi photoshop!
¿Tú qué…?
¡Mi photoshop! ¡Es un editor de imágenes! Entonces Lynn empezó a reírse aún más fuerte y Dee la fulminó con la mirada. ¿Tienes idea de lo caro que es? ¡Y tenía la última edición! protestó sentándose en la cama y tapándose la cara con las manos.
Lynn dejó de reírse, se encogió de hombros y acercándose a ella le puso una mano sobre el hombro.
Oye, no te preocupes, seguro que se soluciona.
Dee soltó un largo suspiro.
Eso espero. O voy a tener que gastarme el dinero de la boda en otro photoshop ―dijo a la vez que se dejaba caer sobre el colchón.
Lynn negó con la cabeza y estaba de camino a la puerta, cuando Dee se incorporó de golpe pegando un agudo chillido.
―¡Era un lobo! ¡Un lobo inmenso! ―Y entonces se volvió a desmayar.
Lynn sonrió.
―Esa era la reacción que esperaba. ―Y salió cerrando tras ella.
Lope surgió del baño vistiendo sólo una toalla atada a la cintura, para entrar en una habitación enteramente de color rosa. Bueno, de distintos tonos de rosa en realidad. Suspiró con resignación. A pesar de que sabía que había hecho lo correcto, aún detestaba haber tenido que dejar la habitación que compartía con Conall para que los dos arreglaran las cosas. Lope esperaba que por lo menos Phelan le hubiera dado una buena reprimenda a Conall por haber sido tan imprudente la noche anterior.
Lope se rascó la cabeza dirigiéndose al armario cuando se dio cuenta de que toda su ropa estaba en su habitación. Bufó y se encaminó a su cuarto.
—Siento lo de anoche, a veces soy demasiado posesivo. Creo que es el macho alfa dentro de mí.
No hacía mucho que se habían despertado, pero Conall había sentido la necesidad de explicarse. La luz matutina inundaba la habitación y en la casa ya se notaba el movimiento. Phelan negó con la cabeza enterrada en el pecho de su pareja.
—En realidad… me gustó. Un poco. —Su voz amortiguada por su cercanía.
La risa perruna de Conall vibró por su cuerpo y sus brazos rodearon a Phelan apretándole contra sí.
—A Lope le encanta esa parte de mí —dijo con una sonrisa—, y tú adorarás su lengua. Es un dios.
—¿Tú crees?
—Lo creo —respondió y entonces le besó de nuevo en el mismo instante que Lope entraba en la habitación.

Déjate capturar: Capítulo 6

Bueno, depués de varios meses, al fin he podido terminar el capítulo.
Miento, lo tenía terminado de la semana pasada, pero hoy es mi cumple, así que me dije “me espero y lo publico hoy”.
Así que, nada, prefiero no enrroyarme más. 
Capítulo 6

Dee observaba sonriente el intercambio de bromas que había entre madre e hija, mientras, sentada frente a la mesa de la cocina dónde antes habían comido, secaba los platos. Dio un largo suspiro; era en momentos como esos en los que sentía melancolía. Era algo inevitable echar de menos a tu familia, sobretodo si estudiabas en una universidad que estaba a bastantes kilómetros de tu casa.

Deeann Kelly era del estado de Maine, nacida en una isla de menos de cuatrocientos habitantes llamada North Haven. Sonrió recordando los paisajes y el mar que se observaba a través de la ventana de su habitación en la casa de sus padres. A ellos les pertenecía la única posada turística que junto a una tienda de comestibles, dos de recuerdos, una sede de correos y un par de comercios más: hacían toda la calle comercial de la ciudad. Allí todos se conocían y los cumpleaños, bodas, nacimientos y demás siempre eran como grandes reuniones familiares a las que acudía todo o casi todo el pueblo.

Dee recordaba con especial cariño la fiesta de la langosta, el día más importante del año y uno de los más turísticos. Kilos y kilos de langosta a la barbacoa para el disfrute de los visitantes y los residentes. Melitta, la que era su mejor amiga desde que tenía uso de razón, y ella solían llegar a primera hora de la mañana y ayudaban a los pescadores y tenderos a montar los puestos. Siempre desayunaban gratis. Sonrió y un suspiro se escapó de sus labios.

Terminó con los platos y los acercó a la encimera donde los depositó.

—Gracias, querida —le dijo Thamar y regresó a su discusión con Lynn.

Dee decidió entonces revisar las fotos que había hecho, así que cogió su mochila del respaldo de la silla y sacó su cámara. Su preciosa y bonita cámara que tantos dolores de cabeza le había dado. Se rió con suavidad viendo la foto de los pajaritos que había tomado nada más salir del coche de Phelan. Aquella era una buena fotografía, puede que la presentase para algún concurso.

Con discreción se dirigió a la ventana de la cocina, se apoyó en el marco y enfocó hacía el bosque. Empezaba a ponerse oscuro. Revisó la pantalla, pero no vio más que negro. Reajustó los parámetros y volvió a disparar. Y a través del objetivo vio algo. Activó el zoom y buscó: allí entre los matorrales había alguien. Y ese alguien la estaba mirando. Dee pegó un respingo.

Se alejó de la ventana y fue hacia la entrada, separó la puerta unos diez centímetros, sacó su objetivo y le dio al botón. Pero no captó a nadie salvo a los tres chicos que en el porche se besaban y se manoseaban entre ellos. Ahogó un grito de sorpresa, abrió los ojos como platos y se escondió tras la pared. Se llevó una mano al pecho, tenía el corazón a mil por hora. ¿Cómo era posible…?

—¿Ocurre algo? Te ves pálida.

Dee levantó la mirada y vio a Lynn frente a ella con la cabeza ladeada y el ceño fruncido. Dee se obligó a sonreír.

—No es nada. —Hizo un aspaviento con la mano para restarle importancia—. He visto un animal y no me lo esperaba.

Lynn se rió terminando de secarse las manos con un trapo.

—Sí, eso puede pasar cuando vives cerca del bosque. A veces los animales entran en el pueblo —explicó la chica—, pero no suelen hacer nada —Lynn se hincó de hombros. Dee asintió.

De repente, empezaron a oírse unos gritos fuera. Golpes y más voces. Dee y Lynn se miraron con el desconcierto brillando en sus ojos. La primera abrió la puerta, pero fue Lynn la que salió al exterior. Thamar se acercó al escuchar el alboroto murmurando algo de “… llevarse bien”. Dee entonces asomó la cabeza por el lateral del marco y se quedó petrificada: allí, delante de ella, estaba el lobo más enorme que había visto en toda su vida. Claro que los que había visto se limitaban a los del zoo. Y esos no eran demasiado grandes que digamos.

Dee tragó saliva. El animal gruñía y aullaba a la vez que Lope por un lado y Phelan por otro le sujetaban con claro esfuerzo. Observó a los destinatarios del enfado del can desde su posición. Eran un grupo de tres o cuatro muchachos que veían la escena tan asombrados como ella. Una mano se posó sobre su hombro y Dee miró tras de sí: Thamar tenía la mirada sombría y el rostro serio.

Alguien más gritó y Dee regresó su mirada al porche: Lynn se había interpuesto entre el lobo y los otros que estaban allí. Aquello era completamente surrealista. La chica había levantado las manos exclamando improperios mientras el lobo, con las orejas echadas hacia atrás y el pelaje de punta, gruñía y hacía chirriar los colmillos. Ni las películas de fantasía que a ella tanto le gustaban habrían hecho creíble aquello. Dee chilló cuando el animal lanzó un aterrador rugido e intentó morder a los chicos que salieron despavoridos, pero inmediatamente se tapó la boca con las manos.

Casi a cámara lenta vio su hocico moverse hacia ella y sintió un escalofrío recorrer su espalda de abajo a arriba cuando el lobo advirtió su presencia. Los ojos eran de un color amarillo sobrenatural y la observaban sin parpadear. Dio un par de pasos hacia ella sin desviar la mirada. Dee notó que su pulso aumentaba y que la cabeza zumbaba por la adrenalina. No pudo soportarlo y cuando el animal estaba a un metro escaso de ella, todo se volvió oscuro.

Aunque podía jurar que había visto un atisbo de azul en los iris del lobo.


Conall gritó.

―¡Joder, eso duele!

―Si te estuvieras quieto, no dolería tanto ―replicó Phelan con unas gasas en la mano ungidas con una pomada de color verde.

Ambos estaban sentados sobre la cama en la habitación de Conall y repartidas por encima de la colcha había un pequeño botiquín de primeros auxilios que Thamar les había dado, así como un bote de ungüento verde fabricado por ella misma; ya que era la sanadora de la manada y como tal sabía de plantas y de tratamientos naturales.

―¡Mierda, cómo escuece! ―gimió el otro.

―Tu madre me dijo que pusiera una buena cantidad, así que eso es exactamente lo que voy a hacer. Y ahora cállate y déjame curarte en silencio.

Conall refunfuñó y se cruzó de brazos, dejando que Phelan siguiera trabajando en los arañazos de su espalda. Ni siquiera recordaba habérselos hecho, sólo sabía que antes de que empezara la pelea no los tenía. Cerró los ojos con un suspiro intentando aplacar su enfado. Silvester no podía dejar pasar un día sin molestarles. El porqué era un misterio, aunque parecía ser algo personal para el hijo del Alfa de la manada.

La habitación se sumió en un incómodo silencio, mientras ambos muchachos continuaban inmersos en sus propios pensamientos. Conall quiso decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca. Hizo una mueca, nunca se le había dado bien tratar con la gente: eso se lo dejaba a Lope.  Y como caído del cielo, el nombrado hizo acto de presencia. Tanto Phelan como Conall dirigieron sus miradas hacia él.

―¿Cómo está ella? ―preguntó Conall.

―Está bien, duerme ―respondió Lope―. Lynn se va a hacer cargo de ella.

―¿Lynn? La chica es nuestra pareja, deberíamos cuidarla nosotros ―rebatió Conall.

―Su nombre es Deeann ―interrumpió Phelan que había empezado a recoger los restos de gasas y de pomada―. Harías bien en recordar su nombre, después de todo y como bien has dicho: es tu pareja. ―Se levantó y se dirigió al cuarto de baño que tenía el dormitorio―. O al menos, una de ellas ―bufó y cerró la puerta.

Lope y Conall se miraron sorprendidos, y el hispano sonrió pícaro.

―Creo que está enfadado ―dijo Lope acercándose a Conall y robándole un beso. Le guiñó un ojo―. Y es por tu culpa ―añadió con sorna.

Conall frunció el entrecejo.

―¿Cómo que por mi culpa? ―clamó, pero Lope ya se alejaba hacia la salida.

―Arréglalo ―le ordenó y le dejó solo. 

Conall gruñó y se masajeó el puente de la nariz. Por si no tenía suficiente con un compañero, ahora tenía tres. Aún no había decidido si eso era un regalo de los Dioses o si estos se estaban burlando descaradamente de él, pero esperaba que no fuese la respuesta número dos. Suspiró poniéndose en pie y se acercó al baño, tocó la madera con los nudillos un par de veces y esperó.

―Puedes entrar.

Conall no esperó a una segunda invitación, giró el pomo y dio un paso hacia delante. Colocó su hombro en el marco de la puerta y se le quedó mirando. Allí estaba: los rizos rubios le goteaban la camiseta que llevaba, como si se hubiese puesto debajo del grifo; la piel dorada de los brazos, perlada por el agua, la hacía parecer más suave de lo que ya era; y los ojos, de un marrón oscuro con tintes amarillos, le miraban a través del espejo enmarcados por unas espesas pestañas.  

―¿Quieres algo o te vas a quedar ahí mirándome como un pasmarote? ―inquirió Phelan dejando salir todo su mal humor.

Conall soltó un bufido que pretendía parecer una risa, logrando que el otro chico le enviara una furiosa mirada.

―¿Sabes que te ríes como un perro?

―Ya me lo habían dicho.

―Me lo imagino.

Conall suspiró no queriendo proseguir con el intercambio de palabras poco amables y decidió darle un vuelco a la conversación.

―Dime una cosa, Phelan.

―¿Qué?

―¿Cuándo te diste cuenta de que Lope y yo éramos tus parejas?

Phelan parpadeó dejando de lavarse las manos, aturdido por la pregunta. Se dio la vuelta, secó las palmas en una toalla cercana, apoyó el trasero en el lavabo, cruzó los brazos y le encaró.

―¿Y eso a qué viene?

Conall ignoró el comentario y continuó.

―¿Cuándo pensabas decírnoslo?

Phelan arrugó el ceño y resopló.

―Cuando fuera el momento.

―¿El momento?

―Sí, el momento ―afirmó Phelan mirándole fijo a los ojos―. Cuando lo descubrí, vosotros acababais de salir de una pelea con los estúpidos seguidores de mi padre. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que corriera hacia vosotros y dijera: “Uy, hola, lo siento, es que soy vuestra pareja, ¡sorpresa!”? ―exclamó zarandeando sus manos―. Pues no ―terminó tajante.

Conall le observó sorprendido unos instantes y después una sonora carcajada retumbó en el cuarto de baño. El hombre lobo no podía parar de reír. El sólo imaginarse la situación lo hizo doblarse sobre sí mismo y ahogarse con sus propias risas. Phelan mirándole tampoco aguantó demasiado y pronto, unas risas mucho más tenues que las de Conall acompañaron a la primera.

―¡Dioses! Hacía tiempo que no me reía así.

Conall se incorporó, lanzó un jadeo y miró a su pareja de reojo, quien tenía una pequeña sonrisa que intentaba a duras penas esconder. Respiró en un intento de relajarse y dio unos pasos hasta quedar frente a frente con Phelan, que tragó saliva moviendo su pequeña nuez de Adán y consiguiendo que el miembro de Conall diera un brinco.

―¿Y bien? ¿Porqué estabas enfadado? ―preguntó con voz ronca, mientras acercaba su nariz al cuello de su pareja.

Phelan frunció el entrecejo y le empujó lanzándole unos pasos hacia atrás.

―¡Y te preguntas porqué!  ―gritó saliendo del baño.

Conall rodó los ojos y soltó un gruñido, para correr detrás del chico. Le cogió en brazos, le tiró a la cama boca arriba y después se subió encima de él, atrapando las muñecas por encima de los rizos de su cabeza.

―Estoy esperando.

Phelan le miró asombrado, en parte por la rapidez con la que había actuado y por la excitación que le recorría el cuerpo entero. Su pecho bajaba y subía, y se moría por probar esos labios, que entreabiertos, deseables y húmedos, acompañaban a esos ojos de color azul oceánico que se lo comían con la mirada. Phelan jadeó cuando Conall bajó su rostro y enterró su nariz en el cuello expuesto, inhalando profundamente.

 ―Adoro tu olor, Phelan. Estoy deseando lamer todos los rincones de tu cuerpo desnudo y memorizar cada punto de placer ―provocó Conall―, pero no haré nada hasta que me digas que causó tu enfado. Y créeme soy un Dios del autocontrol.

―Idiota ―susurró bajito Phelan desviando la mirada, avergonzado por las palabras y por la tienda de campaña que ahora se levantaba orgullosa en sus pantalones.

―Sigo sin escucharte.

Entonces Phelan le miró iracundo, con los ojos llenos de lágrimas y le dio un rodillazo justo en la ingle. Conall puso una mueca de puro dolor y cayó en un lado de la cama.

―Eres un idiota, Conall Forrest ―bramó Phelan poniéndose de pie―. Un estúpido y un bravucón. ¿Porqué tenías que convertirte? ¡Porqué! ¿Y si te hubiera pasado algo? ¿Y si ese cabrón de Silvester te hubiese hecho algo? ¿Y si le hubieras hecho daño a Deeann sin querer? ―Phelan comenzó a caminar de un lado a otro, ante la mirada llorosa de Conall―. Lo tenía todo, ¡todo! ¿Por qué tuve que volver? ¿Por qué ese maldito no me deja en paz? ¿Por qué ahora?

De repente, Phelan oyó un gemido y se volteó, para ver a Conall agazapado sobre sí mismo en postura fetal.

―¡Oh, mierda, Conall! ¡Lo siento! ¡De verdad, lo siento!

―Sólo deja que me recupere ―dijo con voz entrecortada Conall.

Phelan asintió y permaneció sentado a su lado durante un buen rato, ambos en silencio. Viendo pasar los minutos.

Déjate capturar: Capítulo 5

¡Por fin!

¡Cantemos el aleluya! Que ya era hora, hombre. Y cómo es Navidad, hay que disfrutar de los regalos que nos trae Santa. Aunque sean con un día de atraso. 😉

Y no digo más, ¡a leer!

Capítulo 5
Phelan Bardsley observó desde lejos la conversación entre dos de sus parejas con una sonrisa. Dee estaba siendo un poco tímida, algo completamente normal teniendo en cuenta que delante había un perfecto espécimen de hombre: alto, moreno, de cuerpo de infarto, con el pecho al aire y suaves gotitas de agua resbalando por éste. Phelan estaba seguro que iba a comenzar a hiperventilar en cualquier momento. No pudo evitar que se le escapara una risa.
Lope, por su parte, se estaba conteniendo. Su expresión decía que iba a saltar sobre la chica en cualquier instante, por su bien Phelan esperó que no lo hiciera. Aún no era seguro cómo iba a reaccionar Deeann. Conocía la sensación que debía tener el hispano en ese momento: sorpresa, anhelo, incredulidad. Su mente debía ser un caos: preguntándose cómo era posible que tuviera dos parejas y si Conall lo era también de aquella chica o sólo él.
Unas palabras más y Lope se hizo a un lado para dejar paso a Dee al interior del taller. Phelan contempló con las cejas alzadas la mirada de puro deseo que el hispano le echó a las partes traseras de la joven, estaba deseando ver la cara que ponía cuando supiera que él también era su pareja.
Suspirando se dio la vuelta para irse a casa de su hermano, donde pensaba reordenar sus pensamientos y buscar la forma de hablar con sus tres compañeros destinados, cuando la onda expansiva de una explosión le tiró de bruces al suelo. Se dio la vuelta tumbado sobre la tierra y entornó los ojos con la intención de ver más allá de la nube de polvo que se había elevado, pero era inútil. Tosió varias veces, levantándose y sacudiéndose la arenilla de la ropa. Se acercó unos pasos hasta que pudo distinguir el panorama en el que había quedado el coche y el taller.
Salvo que ya no había coche ni entrada de taller.
Conall se despertó con el eco de un enorme estallido. Se incorporó de golpe en la cama y buscó con la vista a su pareja, pero Lope no estaba allí. Saltó en pos de sus pantalones y se los puso a la vez que corría fuera de la casa. Allí estaban su madre y Lynn, observando con asombro la enorme columna de humo que salía de uno de los edificios del pueblo. Una construcción que Conall conocía muy bien.
Salió disparado hacia el lugar. Si le había ocurrido algo a Lope, no respondía de sus actos. Más le valía a ese estúpido estar vivo.
Tras un primer momento de desconcierto, la ira se apoderó de él. Miró a su alrededor, donde la gente ya se iba acercando para observar lo que había pasado, sin ver a nadie sospechoso. No podía creerlo: habían intentado matar a Dee o a Lope o a ambos. ¿Pero quién iba a querer hacer algo así? No importaba, lo primero era encontrarlos y después buscaría culpables. Phelan gruñó y se lanzó dentro del taller. Una punzada en la nuca le dijo que quien fuese estaba allí afuera, observando.
La visión fue perturbadora. El lugar estaba hecho un desastre: los escombros lo cubrían todo; las herramientas, por los suelos; la pared de la entrada derribada y el resto del taller arruinado. El ambiente lleno de la polvareda de la explosión era molesto de soportar. Los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo que taparse la nariz para evitar la congestión. Observó la zona buscando cualquier señal de movimiento, cuando de repente un sonido llegó desde una esquina del local. Corrió hasta allí y lo encontró lleno de cascotes que se apresuró en retirar. Debajo había una gruesa sábana. Suspiró y con cuidado la levantó. Tres pares de miradas le aliviaron el corazón.
—¡Phelan! —El aludido sonrió a la chica y la ayudó a ponerse en pie. Dee le abrazó temblando.
—¿Estás bien?
Ella asintió y Phelan se volteó hacia Lope quien estaba siendo auxiliado por un pelirrojo que no conocía. Caminó unos pasos y al llegar a su lado sus iris coincidieron con los del hispano quien se le quedó mirando asombrado. Había olido a Phelan. Miles de preguntas revoloteaban en aquel ambiente cargado de polvo y suciedad. Lope alargó la mano y entrelazó sus dedos con los del chico más bajo, sintiendo un chispa parecida a la de Conall aunque no igual. Phelan la estrechó con fuerza e hizo un amago de sonrisa. Al menos nadie se había vuelto loco ni había comenzado a gritar, porque menudo momento para encontrar a tus parejas. Lope abrió la boca para decir algo, pero fue interrumpido por alguien que gritaba su nombre.
—¡Lope! —El furibundo grito retumbó en las paredes que aún quedaban enteras. Conall entró en tropel con una expresión desesperada en el rostro—. ¿Dónde estás? ¡Maldita sea!
El hispano dio un último apretón a la mano de Phelan y le soltó. Un fugaz sentimiento de abandono se instaló en el corazón de Phelan, siendo desechado con rapidez. No podía concentrarse en eso. No en esa situación al menos.
—¡Aquí!  —exclamó.
Conall siguió la voz de su pareja y en cuanto le vio, se lanzó a sus brazos. El alivio le recorrió el cuerpo. Lope escondió el rostro en el cuello de su chico. Suspiró y le acarició con la nariz. Se abrazaron con fuerza. Conall tomó su cara en sus manos y unió sus labios con los de él. Miedo, dolor, pérdida, pero sobretodo amor se reflejaron en ese beso. Se miraron a los ojos y se envolvieron de nuevo.
—Por mucho que me guste veros tan acaramelados, creo que deberíamos salir de aquí —La voz de Reed les hizo separarse.
Conall frunció el entrecejo extrañado de verle allí, cuando un rugido estremeció el local. Varios cascotes cercanos a ellos cayeron con un ruido sordo y el brazo de Lope se convirtió en acero alrededor de Conall.
—Vamos, esto está a punto de venirse abajo —dijo Lope empujando a Conall a la salida.
Phelan y Dee miraron hacia arriba y observaron como las grietas crecían a cada segundo que pasaba. El sonido de la piedra resquebrajándose se fue haciendo más fuerte y el polvillo hacía irrespirable el aire. Dee estornudó y se tapó la boca con la manga. Reed dio un par de zancadas hacia el boquete que había abierto la explosión, apresurando a los demás con las manos. Más fragmentos tocaron el suelo a su alrededor y desde fuera el resto del pueblo empezó a gritar. Phelan reaccionó agarrando a Dee de la cintura obligándola a correr; Lope y Conall les siguieron. Justo en el instante que atravesaron la pared, el local se desplomó y una nube de polvareda les cubrió haciéndoles toser.
La zona estaba repleta de curiosos que mascullaban y susurraban  en voz baja. Dee estrujó el brazo de Phelan y él le sonrió en un intento de tranquilizarla. Luego observó a su alrededor buscando con la mirada al resto de sus parejas. Les encontró a unos metros de distancia hablando con el desconocido de cabellos rojos. Estaba a punto de acercarse cuando vio a la madre de Conall llegar corriendo junto a una muchacha que parecía ser la hermana de Lope. El pelirrojo se apartó y con un par de señas dirigidas a Lope se dio la vuelta perdiéndose entre la multitud, que contemplaba atenta a la familia.
—¡Conall! ¡Lope! —Los nombrados giraron la cabeza y vieron como Thamar llegaba con la frente sudada y con los brazos abiertos. Ellos la rodearon con los suyos—. Mis niños, ¿estáis bien? No os habréis herido, ¿verdad? —Thamar les revisó de arriba abajo con los ojos.
—Estamos bien, mamá —dijo Conall sonriendo—. Aunque creo que necesitamos una ducha.
—Estoy de acuerdo en eso —añadió Lope, quien aún iba con el pecho descubierto y éste estaba manchado de sudor y de cenizas. Le guiñó un ojo a su hermana y ésta le abrazó con fuerza. Por encima de la cabeza de Lynn, Lope miró a Phelan haciendo un movimiento de cabeza.
Phelan se aproximó entonces con Dee a su lado. La chica no sabía muy bien qué hacer, pero no dijo nada. Se colocó junto a Lope y esperó. El otro sonrió y soltando a su hermana pasó uno de sus brazos sobre los hombros del chico.
—Mamá, ¿recuerdas a Phelan? —dijo Lope llamando la atención de Conall y su madre. El aludido no pudo evitar sonreír, el hispano recordaba quién era. Thamar abrió los ojos asombrada y puso las manos en la cintura, se acercó al joven y se echó a reír.
—¡Por supuesto que sí! Tú eras el jovencito que seguías a mis chicos a todas partes —Phelan sintió enrojecer las mejillas y escuchó una risita por parte de Dee.
—Mamá, estoy seguro que Phelan sólo estaba huyendo de Silvester —replicó Lope apretando el hombro del universitario.
—Eso también —asintió Phelan y sonrió—. Por cierto, le presento a Deeann Kelly —Dee saludó a Thamar con un asentimiento de cabeza.
—Encantada.
Thamar pareció desconcertada durante un momento.
—¡Oh, claro! ¡La fotógrafa! Hablaste conmigo por teléfono sobre esa habitación libre, ¿no es así? —Thamar sonrió a la muchacha que parecía estar aún bajo los efectos de la explosión.
Entonces alguien le llamó.
—¡Phell! —Éste se giró extrañado, cuando vio a su hermano Lyall y a su mejor amigo Connor corriendo hacia él.
—Menos mal, ya pensábamos lo peor —exclamó Connor abrazando a Phelan.
—Si hermanito, menudo susto —continuó Lyall dándole unas palmadas en la espalda—. ¿Qué diablos ha pasado? —preguntó mirando al destruido taller.
—Ni idea, creo que la explosión vino desde el coche —argumentó—. A mí me tiró hacia atrás la onda expansiva. —Phelan sonrió—. Pero cómo veis, todo el mundo está bien, yo incluido. Así que no tenéis nada de qué preocuparos.
—¿Había una bomba en mi coche? —balbuceó Dee llevándose las manos al rostro—. Pero, ¿quién…?
—No creo que nadie quisiera hacerte nada, caramelito. Habrá sido algún fallo del motor —Lope sonrió y le pasó el brazo por los hombros a la chica, como antes había hecho con Phelan. Dee miró con el ceño fruncido al hispano y éste le guiñó un ojo—. No pensemos en eso ahora, ¿qué tal si nos preparas algo de comer mamá? Todos nos encontraremos mejor con el estómago lleno.
Conall alzó una ceja, pero no se movió del lado de Thamar quien asintió.
—Muy bien, comeremos algo y después podrás ver tu habitación, ¿qué te parece, querida? —dijo Thamar mirando a Dee.
Ella aceptó y Lope, Conall y Lynn se encaminaron hacia la cabaña de la sanadora, mientras Thamar parloteaba alegremente sacándoles algunas risas a los otros tres. Lope soltaba carcajadas y Conall sonreía indulgente, Lynn se colocó al costado libre de Dee y entabló una animada charla con ella. Phelan, su hermano y Connor se quedaron donde estaban viendo como se iban alejando. Lyall entonces se volteó al chico más bajo.
—De todas maneras habíamos salido a buscarte, mamá quiere que vengas a cenar —explicó Lyall, Connor asintió a su lado.
Phelan lo pensó unos instantes observando de lejos a sus parejas y decidió que cuanto antes hablaran, antes podrían descubrir lo que estaba pasando. Sonrió y les miró.
—¿Sabéis qué? Decidle a mamá que ya iré a cenar mañana. Dadle un beso de mi parte —dijo a la vez que corría en pos del grupo.
—De modo que, ¿te quedas para la boda? —preguntó Conall dirigiéndose a Phelan.
Dee observó al chico de cabellos rubios al otro lado de la mesa de la cocina, donde el grupo al completo estaba almorzando tras haberse dado unas merecidas duchas y cambiarse de ropa. El chico se había quedado algo sorprendido por la pregunta, pero en el instante en el que iba a contestar alguien se le adelantó.
—Por supuesto que sí, Conall. ¿Para qué iba a venir sino? —replicó Thamar terminando de servir los filetes y haciendo sonreír a Phelan. Luego cogió un bol que había sobre la encimera y lo señaló—. ¿Salsa?
Lynn y Lope alargaron a la vez las manos para recibir el bol, logrando que Phelan, Dee y Conall lanzaran unas risitas. Antes de que comenzaran una discusión Thamar se lo dio a Lynn y ésta dio un grito de triunfo, después se lo fueron pasando de unos a otros hasta que todos estuvieron servidos.
—¿Y hace mucho que eres fotógrafa? —curioseó Lynn.
Dee negó con la cabeza acabando de masticar.
—Es un hobby en realidad, aunque hice un cursillo de tres meses hace un par de años.  
—¿Y qué estudias entonces? —Lope la miró apoyando los brazos sobre la mesa y reclinándose hacia delante.
—Tu- turismo —tartamudeó ella sintiendo cómo los colores se le subían a las mejillas, bajó la mirada al plato y se metió en la boca el último trozo de carne que le quedaba.
—Yo terminé la carrera de informática hace dos años y ahora estoy haciendo el máster —apuntó Phelan, Dee le miró con agradecimiento.
En ese momento Thamar se levantó para llevar varios platos al fregadero. Dee queriendo escapar de las miradas que le echaba Lope se puso en pie y cogió varias cosas más de la mesa.
—Déjeme que la ayude.
—No tienes por qué hacerlo, querida.
—No me importa, me gusta ayudar —admitió Dee con una sonrisa.
—Ya podríais aprender —les regañó Thamar a los otros chicos.
—Pero yo siempre ayudo —rebatió Lynn de brazos cruzados.
Lope miró a los dos chicos que aún seguían sentados a la mesa y señaló la puerta de la entrada. Asintieron unánimes. Entretenidas en su disputa doméstica ninguna salvo Dee se dio cuenta de que los tres jóvenes abandonaban la cocina para salir al porche. Ladeó la cabeza preguntándose que era aquel sentimiento tan extraño que la recorría cada vez que miraba a alguno de ellos. Suspiró y decidió dejar apartado el tema; la explosión de su coche parecía ser algo más importante en lo que pensar.
—Así que la universidad —habló Conall una vez fuera de los oídos de la chica humana—. ¿Sabes?, siempre pensé que te habrías trasladado a otra manada.
Phelan se hincó de hombros a una distancia prudente. Dio unos pasos hasta el columpio que había en uno de los laterales del porche y se sentó. Lope permaneció de pie entre ambos, vigilando. Phelan soltó aire y se rascó la cabeza.
—Lo cierto es que como no puedo cambiar no me habrían admitido aunque hubiese querido irme de la manada —explicó—. Además cuando me fui, decidí que sería para no volver ni a ésta ni a ninguna manada.
Conall se le quedó mirando asombrado para luego fruncir el entrecejo.
—¿Ninguna manada? ¿Pensabas renunciar a ser un lobo?
Phelan se rió reclinándose en el asiento y fijándose en Conall. Sus ojos marrones captaron los azules del otro chico.
—Sea lo que sea, no soy un lobo. De modo que no puedo renunciar a ser algo que no soy. — Odiaba aceptarlo, pero aquellas palabras habían dolido. Admitir frente a otros lo que le había llevado tanto tiempo asumir no era fácil. Phelan tragó el nudo que se le había hecho en la garganta—. Así de simple —dijo volviendo la mirada a la espesura del bosque deseando que los ojos que se llenaban con rapidez de lágrimas no dejasen escapar ni una.
Notó entonces un peso a su lado y unos dedos que le acariciaban la nuca. Phelan giró el rostro y allí estaba la suave sonrisa de Lope. Le respondió con otra, aunque algo triste, cuando de repente escuchó un gruñido bajo frente a él. Conall le cogió del cuello de la camiseta y le hizo ponerse en pie para enterrar su nariz en el cuello de Phelan, quien miró a Lope, el cual también se había levantado y permanecía quieto en espera de la reacción de Conall.  
Un gemido se escapó de la boca de Phelan cuando Conall introdujo una de sus manos por debajo de la camisa y la otra empezó a desabrochar los pantalones vaqueros, al mismo tiempo que le hacía un chupetón arriba del borde de la ropa. Lope soltó una risa baja colocándose detrás de Phelan y atacando la otra parte del cuello.
—Ch-chicos, yo… —intentó hablar Phelan—. No… a-aquí… fuera… Y-yo… —Pero le fue imposible continuar al tener dos pares de manos tocando y manoseando todas las partes sensibles de su cuerpo. 
Phelan sentía como su control desaparecía por momentos. Sus párpados se habían cerrado incapaces de soportar el deseo que le recorría la espina dorsal. Una boca abandonó su chupeteo y subiendo hasta la suya dejó un reguero de besos y lamidas. Phelan percibió unos labios contra los suyos y una lengua intentando abrirse paso. No lo pensó mucho; la dejó entrar. Y mientras un par de manos entraban en sus calzoncillos y le apretaban el culo y el miembro endurecido a la vez, sus brazos se pusieron en funcionamiento y rodearon la cintura del muchacho que tenía delante. Recorrió la musculosa espalda hasta enterrar sus dedos en el cabello del chico que gimió en su boca.
Phelan nunca había sentido algo tan intenso, ¿así era estar con tu pareja destinada? No era de extrañar que Connor y Lyall no pudiesen alejarse ni un poco. El aire empezó a faltar y el beso terminó, pero sus manos no abandonaron su lugar. Abrió los ojos y observó el rostro enrojecido y la mirada abrumadora de Conall. Le acarició el pelo y la nuca sin saber qué hacer para no romper el momento.
No hizo falta, otros se encargaron de ello. 

Encuesta y otras cosas…

¡Hola!
Otra vez que he vuelto a desaparecer, pero es que estas fechas son malísimas: toca la entrega y presentación de trabajos del primer cuatrimestre de la universidad y sinceramente, apenas hay tiempo ni de terminar los trabajos. 
Lo cierto es que no he podido avanzar mucho, a ver si cuando lleguen las vacaciones puedo volver a publicar un par de capis antes de que vengan los exámenes de febrero. La vida del estudiante. Arg.
Bueno, tal y como dije en la anterior entrada, aquí está la encuesta para ver qué opináis acerca de quién debe besar primero a Dee. (Podéis encontrarla a la derecha de la pantalla). Aunque todavía no hay muchos capítulos, seguro que ya tenéis alguna idea de quién os gustaría. 
Yo ya tengo mi favorito, ¿cuál es el vuestro? 
¡Besos!