Déjate capturar: Capítulo 12

 ¡Hola!
Aquí estoy de nuevo con el capítulo 12. Sé que me he tardado bastante, pero me temo que la cosa va a seguir así por ahora. Sobretodo porque estoy muy liada con la universidad y además ciertos problemas personales necesitan mi atención. Y hay que asumirlo, esto no es más que un hobby.
Además, quiero añadir que hace unas tres semanas tuve un fuerte ataque de tendinitis en el brazo derecho que me dejó imposibilitada de escribir o utilizar el ratón durante al menos una semana. Y sí, las razones de esto fue el uso excesivo del ordenador. Así que en favor de mi salud y mis estudios, he decidido que a partir de ahora voy a publicar una vez por mes. 
Una vez dicho todo esto, os dejo el siguiente capi. Espero que os guste mucho y que sigáis conmigo.
Muchos besos y hasta la próxima.
Capítulo 12
Empacar nunca le había costado tanto. Por lo general, era rápido, acostumbrado al trajín de la universidad. Pero en esa ocasión, preparar el equipaje de alguien que no era él estaba resultando más complicado de lo que podía parecer. 
Phelan suspiró sentándose en la cama al lado de la maleta a medio cerrar y desvió la mirada través de la puerta abierta, por dónde se observaba claramente la mesa de la cocina. Allí estaban dos de sus parejas y la hermana de ambos, intentando convencer a Thamar. Llevaban casi toda la noche, y ni una sola vez la mujer había cedido un ápice. En sus caras se veía la frustración y el cansancio que todos sentían. Phelan cerró los párpados, estirando su cuello en un intento de calmar el dolor en su columna vertebral y éste crujió. Soltó una maldición.
 
―Eso no ha sonado muy bien ―susurró una voz femenina tras él.
Phelan se dio la vuelta para encontrarse a Deeann allí, sonriéndole con una disculpa en los ojos. El chico sonrió y Dee se acercó hasta él, sentándose a su costado y cogiéndole de la mano. 
―Es curioso ―murmuró Dee jugando con los dedos de Phelan.
―¿El qué?
―Desde el mismo momento en que te vi, me sentí segura contigo ―explicó Deeann mirándole―. Cuando me dijiste que me llevarías al pueblo, supe que era verdad. No he dudado de ti ni por un segundo. Nunca me había pasado eso. Con nadie. 
―Bueno, es lógico. Soy tu pareja.
―Sí, pero yo no soy… No pertenezco a la manada. ―Dee resopló―. Diablos. Aún me parece tan extraño todo lo que ocurrió ayer. Ni siquiera entiendo porqué actué como lo hice.
Phelan sonrió acariciando la cara de la joven con la mano que le quedaba libre. Unos suaves colores subieron por sus mejillas y ella miró al suelo. Phelan le levantó el rostro, sus miradas se mezclaron, contemplándose absortos el uno con el otro. Entonces Phel decidió que no iba a pensarlo mucho y unió sus labios. Cerraron los ojos. Deeann llevó sus manos al cuello de la camisa, agarrándole fuerte y tirándole hacia ella. Phelan la sujetó por la cintura y la besó con más decisión, antes de terminar. Dee suspiró de gusto cuando él se retiró. Sólo unos segundos y ya sabía que quería permanecer a su lado por el resto de sus vidas.
Phelan soltó una risita, viendo el rostro de paz de la chica. 
―¿Lo ves? ―preguntó Dee abriendo los párpados y fijando sus iris en los de él―. Si hubieras sido otro, te aseguro de que ahora tendrías marcada mi mano en tu mejilla.
Phel se echó a reír. La vida se esperanzaba entretenida de ahora en adelante.


Lope arrancó el motor del coche que les había prestado Reed, el cual, un jeep de color rojo recién sacado de fábrica, ronroneó como un gatito hambriento. Seguro que le había costado una fortuna, conducirlo era la perfección elevada a la enésima potencia. El hispano tendría que agradecerle a su amigo más tarde por el préstamo.
Un suspiro en el asiento del copiloto captó su atención. Conall seguía mirando el espejo retrovisor con ojos tristes y melancólicos. Lope alcanzó el muslo de su pareja con su mano derecha y lo acarició. 
―Ellas estarán bien. Saben cuidarse solas. 
Conall sonrió apesadumbrado.
―Lo sé. Es sólo que nunca nos hemos alejado de ellas durante tanto tiempo. Ni siquiera sabemos cuándo volveremos a verlas.
―Lo importante es solucionar todo este asunto cuánto antes ―dijo Lope con decisión―. Entonces nada ni nadie nos impedirá volver.
Conall asintió.
Esta vez fue el momento que Lope escogió para suspirar. Con un último apretón en la rodilla, puso ambas manos en el volante y aceleró. 


Deeann se despertó sobresaltada, con la sensación de estar cayendo al vacío esfumándose rápidamente. Rodó sobre la cama para acomodarse mejor. Cuando estaba cerrando los ojos para volver a dormirse, se dio cuenta de un pequeño detalle. No recordaba haberse acostado. Ni siquiera recordaba haberse quedado dormida en el asiento trasero del todoterreno. Elevó la cabeza y miró a su alrededor. 
Estaba en una habitación de paredes algo desconchadas en las esquinas, pintadas con lo que antaño se podría considerar un salmón algo chillón. Los pocos muebles se notaban viejos, pero estaban limpios, lo cual era algo de agradecer. La pequeña televisión reposaba encendida con poco volumen sobre una mesa de metal que había tenido mejores días. La mesa, un par de sillas y las dos camas de matrimonio tenían la madera descolorida, aunque parecían estar bien cuidadas. 
La mesilla de noche que había entre las camas tenía una pequeña lámpara y unos papeles sobre ella. En uno de ellos se podía leer: “Bienvenido al motel BuenasNoches, esperamos que disfrute su estancia y que regrese pronto”; el otro era claramente la factura del cuarto: 25 dólares la noche. No estaba mal. Suspiró y arrugó la nariz. El ambiente olía a lejía y a detergente. Al menos se tomaban a conciencia lo de desinfectar el lugar para cada nuevo cliente.
Se levantó de la cama, descubriendo en uno de los rincones las maletas y mochilas que habían empacado en Elwood. Cogió las bolsas donde llevaba su cámara, los objetivos y las tarjetas de memoria. Aún daba gracias por haber decidido cogerlas en el último momento. No sabía que habría hecho de haberlo perdido todo, después de todo, aquella cámara era la única fuente de ingresos que tenía a parte de lo poco que le podían enviar sus padres. Lo peor, sin duda, había sido la pérdida del ordenador que además estaba recién estrenado. Por fortuna, tenía seguro y entre los escombros de la explosión Phelan había logrado encontrar el disco duro. Con un poco de suerte, le había dicho, lograría rescatar toda la información.
Llevó sus cosas a la mesa y con delicadeza, como si estuviera trabajando con piezas de museo, fue colocando todos los aparejos sobre ella. Sacó de uno de los bolsillos unos enseres de limpieza y sentándose en una de las sillas, comenzó a desmotar la cámara y los objetivos ocupando toda la superficie casi en su totalidad. Sonrió. Se sentía bien hacer algo conocido por primera vez en días. De esta forma, se dispuso a cuidar y asear cada uno de los utensilios fotográficos. Una tarea que le era de lo más relajante.
Cuando regresaron los tres chicos unos cuarenta y cinco minutos después, se la encontraron tarareando y jugando con sus chismes. Al darse cuenta de su presencia, Dee sólo les sonrió y continuó a lo suyo. Nadie iba a perturbar su momento de paz. 
Lope estaba terminando de darse una ducha cuando escuchó una maldición proveniente del otro lado de la cortina de plástico. Abrió un pequeño resquicio y miró a su pareja a través del espejo.
—¿Cuál es el problema ahora, Conall? No me digas que sigues nervioso. 
Conall cerró los ojos soltando un bufido y se dio la vuelta cruzándose de brazos.
—No soy bueno con las chicas. Nunca he tenido que vérmelas con una cita. 
Lope se rió por lo bajo, ganándose un gruñido molesto. Negando con la cabeza, terminó de enjuagarse y salió de la bañera, enredándose una toalla alrededor de la cintura. Conall seguía mirándose al espejo, arreglándose mechones de pelo supuestamente fuera de lugar y arrugándose la camisa de tanto estirarla. Lope decidió interrumpirlo en ese momento.
—Conall, estás perfecto. En serio, deja de intentar mejorar lo inmejorable.
—¡Ya lo sé! Pero, ¡por los Dioses! Estoy nervioso —exclamó Conall cerrando los ojos. 
—¿Sabes? Para ser el Alfa de nuestra pequeña manada de cuatro miembros, no pareces seguro de ti mismo.
—Créeme, preferiría enfrentarme a una banda de cazadores que salir ahí afuera a cenar con Dee. 
—Pues, la verdad, estoy seguro que lo segundo es mucho menos doloroso —estaba diciendo Lope cuando la puerta de abrió de repente y la rubia cabeza de Phelan apareció.
—¡Chicos! ¿Qué estáis haciendo? ¡Deeann lleva más de media hora esperando!
Conall gimió.
—Si solo tuviera una guía o algo que me dijera qué hacer. Siento que voy a meter la pata y entonces ella me odiará para siempre —se lamentó Conall llevándose las manos a la cabeza y peinando su cabello hacia atrás.
Lope y Phelan se miraron y el segundo se adelantó, cogió la cara de su pareja y le besó. Un beso de esos con legua y dientes y saliva, todo junto. Y al separarse, Phelan observó el rostro de aturdimiento que se le había quedado y asintió. Le cogió de las muñecas y dijo con voz firme:
—Ahora vas a salir ahí afuera, vas a saludar a Dee con educación, le ofrecerás el brazo, el cual ella muy sonriente aceptará y saldréis camino al restaurante, donde le retirarás la silla, ambos os sentaréis y luego cenareis en medio de una comida medio decente y una buena conversación que estará llena de risas y de buenos momentos. ¿Me has entendido? 
Conall dijo que sí con la cabeza y con más seguridad de la que sentía, se dirigió al dormitorio. Antes de salir del baño, Lope susurró un buena suerte y así, mientras Conall hacía exactamente lo que Phelan había predicho, los dos lobos espiraron a la pareja desde el resquicio de la puerta hasta que ambos se hubieron ido.

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