Déjate capturar: Capítulo 6

Bueno, depués de varios meses, al fin he podido terminar el capítulo.
Miento, lo tenía terminado de la semana pasada, pero hoy es mi cumple, así que me dije “me espero y lo publico hoy”.
Así que, nada, prefiero no enrroyarme más. 
Capítulo 6

Dee observaba sonriente el intercambio de bromas que había entre madre e hija, mientras, sentada frente a la mesa de la cocina dónde antes habían comido, secaba los platos. Dio un largo suspiro; era en momentos como esos en los que sentía melancolía. Era algo inevitable echar de menos a tu familia, sobretodo si estudiabas en una universidad que estaba a bastantes kilómetros de tu casa.

Deeann Kelly era del estado de Maine, nacida en una isla de menos de cuatrocientos habitantes llamada North Haven. Sonrió recordando los paisajes y el mar que se observaba a través de la ventana de su habitación en la casa de sus padres. A ellos les pertenecía la única posada turística que junto a una tienda de comestibles, dos de recuerdos, una sede de correos y un par de comercios más: hacían toda la calle comercial de la ciudad. Allí todos se conocían y los cumpleaños, bodas, nacimientos y demás siempre eran como grandes reuniones familiares a las que acudía todo o casi todo el pueblo.

Dee recordaba con especial cariño la fiesta de la langosta, el día más importante del año y uno de los más turísticos. Kilos y kilos de langosta a la barbacoa para el disfrute de los visitantes y los residentes. Melitta, la que era su mejor amiga desde que tenía uso de razón, y ella solían llegar a primera hora de la mañana y ayudaban a los pescadores y tenderos a montar los puestos. Siempre desayunaban gratis. Sonrió y un suspiro se escapó de sus labios.

Terminó con los platos y los acercó a la encimera donde los depositó.

—Gracias, querida —le dijo Thamar y regresó a su discusión con Lynn.

Dee decidió entonces revisar las fotos que había hecho, así que cogió su mochila del respaldo de la silla y sacó su cámara. Su preciosa y bonita cámara que tantos dolores de cabeza le había dado. Se rió con suavidad viendo la foto de los pajaritos que había tomado nada más salir del coche de Phelan. Aquella era una buena fotografía, puede que la presentase para algún concurso.

Con discreción se dirigió a la ventana de la cocina, se apoyó en el marco y enfocó hacía el bosque. Empezaba a ponerse oscuro. Revisó la pantalla, pero no vio más que negro. Reajustó los parámetros y volvió a disparar. Y a través del objetivo vio algo. Activó el zoom y buscó: allí entre los matorrales había alguien. Y ese alguien la estaba mirando. Dee pegó un respingo.

Se alejó de la ventana y fue hacia la entrada, separó la puerta unos diez centímetros, sacó su objetivo y le dio al botón. Pero no captó a nadie salvo a los tres chicos que en el porche se besaban y se manoseaban entre ellos. Ahogó un grito de sorpresa, abrió los ojos como platos y se escondió tras la pared. Se llevó una mano al pecho, tenía el corazón a mil por hora. ¿Cómo era posible…?

—¿Ocurre algo? Te ves pálida.

Dee levantó la mirada y vio a Lynn frente a ella con la cabeza ladeada y el ceño fruncido. Dee se obligó a sonreír.

—No es nada. —Hizo un aspaviento con la mano para restarle importancia—. He visto un animal y no me lo esperaba.

Lynn se rió terminando de secarse las manos con un trapo.

—Sí, eso puede pasar cuando vives cerca del bosque. A veces los animales entran en el pueblo —explicó la chica—, pero no suelen hacer nada —Lynn se hincó de hombros. Dee asintió.

De repente, empezaron a oírse unos gritos fuera. Golpes y más voces. Dee y Lynn se miraron con el desconcierto brillando en sus ojos. La primera abrió la puerta, pero fue Lynn la que salió al exterior. Thamar se acercó al escuchar el alboroto murmurando algo de “… llevarse bien”. Dee entonces asomó la cabeza por el lateral del marco y se quedó petrificada: allí, delante de ella, estaba el lobo más enorme que había visto en toda su vida. Claro que los que había visto se limitaban a los del zoo. Y esos no eran demasiado grandes que digamos.

Dee tragó saliva. El animal gruñía y aullaba a la vez que Lope por un lado y Phelan por otro le sujetaban con claro esfuerzo. Observó a los destinatarios del enfado del can desde su posición. Eran un grupo de tres o cuatro muchachos que veían la escena tan asombrados como ella. Una mano se posó sobre su hombro y Dee miró tras de sí: Thamar tenía la mirada sombría y el rostro serio.

Alguien más gritó y Dee regresó su mirada al porche: Lynn se había interpuesto entre el lobo y los otros que estaban allí. Aquello era completamente surrealista. La chica había levantado las manos exclamando improperios mientras el lobo, con las orejas echadas hacia atrás y el pelaje de punta, gruñía y hacía chirriar los colmillos. Ni las películas de fantasía que a ella tanto le gustaban habrían hecho creíble aquello. Dee chilló cuando el animal lanzó un aterrador rugido e intentó morder a los chicos que salieron despavoridos, pero inmediatamente se tapó la boca con las manos.

Casi a cámara lenta vio su hocico moverse hacia ella y sintió un escalofrío recorrer su espalda de abajo a arriba cuando el lobo advirtió su presencia. Los ojos eran de un color amarillo sobrenatural y la observaban sin parpadear. Dio un par de pasos hacia ella sin desviar la mirada. Dee notó que su pulso aumentaba y que la cabeza zumbaba por la adrenalina. No pudo soportarlo y cuando el animal estaba a un metro escaso de ella, todo se volvió oscuro.

Aunque podía jurar que había visto un atisbo de azul en los iris del lobo.


Conall gritó.

―¡Joder, eso duele!

―Si te estuvieras quieto, no dolería tanto ―replicó Phelan con unas gasas en la mano ungidas con una pomada de color verde.

Ambos estaban sentados sobre la cama en la habitación de Conall y repartidas por encima de la colcha había un pequeño botiquín de primeros auxilios que Thamar les había dado, así como un bote de ungüento verde fabricado por ella misma; ya que era la sanadora de la manada y como tal sabía de plantas y de tratamientos naturales.

―¡Mierda, cómo escuece! ―gimió el otro.

―Tu madre me dijo que pusiera una buena cantidad, así que eso es exactamente lo que voy a hacer. Y ahora cállate y déjame curarte en silencio.

Conall refunfuñó y se cruzó de brazos, dejando que Phelan siguiera trabajando en los arañazos de su espalda. Ni siquiera recordaba habérselos hecho, sólo sabía que antes de que empezara la pelea no los tenía. Cerró los ojos con un suspiro intentando aplacar su enfado. Silvester no podía dejar pasar un día sin molestarles. El porqué era un misterio, aunque parecía ser algo personal para el hijo del Alfa de la manada.

La habitación se sumió en un incómodo silencio, mientras ambos muchachos continuaban inmersos en sus propios pensamientos. Conall quiso decir algo, pero ninguna palabra salió de su boca. Hizo una mueca, nunca se le había dado bien tratar con la gente: eso se lo dejaba a Lope.  Y como caído del cielo, el nombrado hizo acto de presencia. Tanto Phelan como Conall dirigieron sus miradas hacia él.

―¿Cómo está ella? ―preguntó Conall.

―Está bien, duerme ―respondió Lope―. Lynn se va a hacer cargo de ella.

―¿Lynn? La chica es nuestra pareja, deberíamos cuidarla nosotros ―rebatió Conall.

―Su nombre es Deeann ―interrumpió Phelan que había empezado a recoger los restos de gasas y de pomada―. Harías bien en recordar su nombre, después de todo y como bien has dicho: es tu pareja. ―Se levantó y se dirigió al cuarto de baño que tenía el dormitorio―. O al menos, una de ellas ―bufó y cerró la puerta.

Lope y Conall se miraron sorprendidos, y el hispano sonrió pícaro.

―Creo que está enfadado ―dijo Lope acercándose a Conall y robándole un beso. Le guiñó un ojo―. Y es por tu culpa ―añadió con sorna.

Conall frunció el entrecejo.

―¿Cómo que por mi culpa? ―clamó, pero Lope ya se alejaba hacia la salida.

―Arréglalo ―le ordenó y le dejó solo. 

Conall gruñó y se masajeó el puente de la nariz. Por si no tenía suficiente con un compañero, ahora tenía tres. Aún no había decidido si eso era un regalo de los Dioses o si estos se estaban burlando descaradamente de él, pero esperaba que no fuese la respuesta número dos. Suspiró poniéndose en pie y se acercó al baño, tocó la madera con los nudillos un par de veces y esperó.

―Puedes entrar.

Conall no esperó a una segunda invitación, giró el pomo y dio un paso hacia delante. Colocó su hombro en el marco de la puerta y se le quedó mirando. Allí estaba: los rizos rubios le goteaban la camiseta que llevaba, como si se hubiese puesto debajo del grifo; la piel dorada de los brazos, perlada por el agua, la hacía parecer más suave de lo que ya era; y los ojos, de un marrón oscuro con tintes amarillos, le miraban a través del espejo enmarcados por unas espesas pestañas.  

―¿Quieres algo o te vas a quedar ahí mirándome como un pasmarote? ―inquirió Phelan dejando salir todo su mal humor.

Conall soltó un bufido que pretendía parecer una risa, logrando que el otro chico le enviara una furiosa mirada.

―¿Sabes que te ríes como un perro?

―Ya me lo habían dicho.

―Me lo imagino.

Conall suspiró no queriendo proseguir con el intercambio de palabras poco amables y decidió darle un vuelco a la conversación.

―Dime una cosa, Phelan.

―¿Qué?

―¿Cuándo te diste cuenta de que Lope y yo éramos tus parejas?

Phelan parpadeó dejando de lavarse las manos, aturdido por la pregunta. Se dio la vuelta, secó las palmas en una toalla cercana, apoyó el trasero en el lavabo, cruzó los brazos y le encaró.

―¿Y eso a qué viene?

Conall ignoró el comentario y continuó.

―¿Cuándo pensabas decírnoslo?

Phelan arrugó el ceño y resopló.

―Cuando fuera el momento.

―¿El momento?

―Sí, el momento ―afirmó Phelan mirándole fijo a los ojos―. Cuando lo descubrí, vosotros acababais de salir de una pelea con los estúpidos seguidores de mi padre. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que corriera hacia vosotros y dijera: “Uy, hola, lo siento, es que soy vuestra pareja, ¡sorpresa!”? ―exclamó zarandeando sus manos―. Pues no ―terminó tajante.

Conall le observó sorprendido unos instantes y después una sonora carcajada retumbó en el cuarto de baño. El hombre lobo no podía parar de reír. El sólo imaginarse la situación lo hizo doblarse sobre sí mismo y ahogarse con sus propias risas. Phelan mirándole tampoco aguantó demasiado y pronto, unas risas mucho más tenues que las de Conall acompañaron a la primera.

―¡Dioses! Hacía tiempo que no me reía así.

Conall se incorporó, lanzó un jadeo y miró a su pareja de reojo, quien tenía una pequeña sonrisa que intentaba a duras penas esconder. Respiró en un intento de relajarse y dio unos pasos hasta quedar frente a frente con Phelan, que tragó saliva moviendo su pequeña nuez de Adán y consiguiendo que el miembro de Conall diera un brinco.

―¿Y bien? ¿Porqué estabas enfadado? ―preguntó con voz ronca, mientras acercaba su nariz al cuello de su pareja.

Phelan frunció el entrecejo y le empujó lanzándole unos pasos hacia atrás.

―¡Y te preguntas porqué!  ―gritó saliendo del baño.

Conall rodó los ojos y soltó un gruñido, para correr detrás del chico. Le cogió en brazos, le tiró a la cama boca arriba y después se subió encima de él, atrapando las muñecas por encima de los rizos de su cabeza.

―Estoy esperando.

Phelan le miró asombrado, en parte por la rapidez con la que había actuado y por la excitación que le recorría el cuerpo entero. Su pecho bajaba y subía, y se moría por probar esos labios, que entreabiertos, deseables y húmedos, acompañaban a esos ojos de color azul oceánico que se lo comían con la mirada. Phelan jadeó cuando Conall bajó su rostro y enterró su nariz en el cuello expuesto, inhalando profundamente.

 ―Adoro tu olor, Phelan. Estoy deseando lamer todos los rincones de tu cuerpo desnudo y memorizar cada punto de placer ―provocó Conall―, pero no haré nada hasta que me digas que causó tu enfado. Y créeme soy un Dios del autocontrol.

―Idiota ―susurró bajito Phelan desviando la mirada, avergonzado por las palabras y por la tienda de campaña que ahora se levantaba orgullosa en sus pantalones.

―Sigo sin escucharte.

Entonces Phelan le miró iracundo, con los ojos llenos de lágrimas y le dio un rodillazo justo en la ingle. Conall puso una mueca de puro dolor y cayó en un lado de la cama.

―Eres un idiota, Conall Forrest ―bramó Phelan poniéndose de pie―. Un estúpido y un bravucón. ¿Porqué tenías que convertirte? ¡Porqué! ¿Y si te hubiera pasado algo? ¿Y si ese cabrón de Silvester te hubiese hecho algo? ¿Y si le hubieras hecho daño a Deeann sin querer? ―Phelan comenzó a caminar de un lado a otro, ante la mirada llorosa de Conall―. Lo tenía todo, ¡todo! ¿Por qué tuve que volver? ¿Por qué ese maldito no me deja en paz? ¿Por qué ahora?

De repente, Phelan oyó un gemido y se volteó, para ver a Conall agazapado sobre sí mismo en postura fetal.

―¡Oh, mierda, Conall! ¡Lo siento! ¡De verdad, lo siento!

―Sólo deja que me recupere ―dijo con voz entrecortada Conall.

Phelan asintió y permaneció sentado a su lado durante un buen rato, ambos en silencio. Viendo pasar los minutos.

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